jueves, 27 de noviembre de 2008

EL HOMBRE QUE BAJÓ LA LUNA DE CELSO ROMÁN: REIVINDICACIÓN DE UNA DE LAS MÚLTIPLES BONDADES DE LA LITERATURA INFANTIL

La cultura está constituida por múltiples códigos que poco a poco hacen de los sujetos, agentes activos dentro del proceso de integración social instaurado por el contrato semiótico hombre-signo. Teniendo en cuenta esto, el sujeto en su edad infantil no puede catalogarse ingenuo como otrora se creía, pues día tras día está sometido a los mensajes de los productos culturales- entre ellos la literatura- le ofrecen.

Centrándonos en la literatura, en este caso la considerada infantil, vemos que antaño estuvo imbuida de elementos formales y de contenido que tenían como presupuesto por una u otras razones, a un niño lector considerado incauto o incapaz. Dichas publicaciones- con bastante asidero en nuestro país- abusaban del infantilismo y la cursilería en los vocablos, personajes estereotipados, musicalidad explicita en el carácter denotativo del lenguaje, exageración en el recurso de la personificación, moralejas directas y la recurrencia a lugares comunes para contar historias que ya habían sido narradas en el marco de la literatura universal.

Hoy, por respeto a los niños, han aparecido historias que si bien es cierto se incluyen dentro de la literatura infantil, se alejan de las propuestas que servían de vehículo moralizante y didáctico. Claro que esto no implica que la producción de estos tiempos no pueda servir como pretexto para apoyar estrategias didácticas a la hora de desarrollar procesos de enseñanza-aprendizaje de la lengua materna.

Ya lo dice Víctor Montoya en el texto digital "El poder de la fantasía y la Literatura Infantil": “un buen libro de literatura infantil puede ser también una maravilla para los adultos. Es ya hora de refutar la afirmación de que toda literatura infantil es mala o fácil de escribir”. Estas palabras sirven de apoyo para criticar la concepción de quienes piensan en un infante lector incapaz de interpretar obras literarias que incluidas en clasificaciones como el libro rojo, azul, amarillo, etc., cohíben a ese sujeto potencial de disfrutar de los mundos posibles y propuestas ideológicas que en ellas subyacen. Pareciese entonces que la mente se pudiera etiquetar. Sobre el tema reflexionaron Piaget y sobre todo Vigotsky, quienes demostraron las bondades de enfrentar al niño a lecturas complejas y exigentes, como nutriente para el desarrollo psicosocial del lenguaje.

De acuerdo con lo anterior, es pertinente partir de algunos presupuestos relacionados con la noción de literatura infantil “entendida como un genero dentro de la literatura universal que, por estar en primer termino dirigida a los niños, debe tener- además de una gran calidad literaria- exigencias propias, adecuadas a la etapa psicolinguistica de sus lectores naturales”( Venegas, 96)

Lo anterior es expresado por Maria Clemencia Venegas en el documento “Promoción de la lectura” dónde a su vez define algunas de las características de dicha clasificación literaria: “Ésta debe poseer descripciones claras, ágiles y cortas; diálogos frecuentes, acción ininterrumpida, alta dosis de imaginación y humor. A su vez, no debe incurrir en aniñamientos o pobreza creativa e insulsa, empleo de diminutivos o sus antónimos, y ante todo no alentar el didactismo, ya sea de carácter moral, religioso, patriotero o ideologista” (Venegas, 96)

Realizadas las anteriores consideraciones, El hombre que bajó la luna, cala perfectamente a la hora de ser empleada por quienes quieran tener un pretexto para cultivar lectores y a su vez interpretar problemas sociales y hasta científicos que en ésta se plantean. Dicha producción- breve por demás- sugiere de entrada un conflicto central: un villano con las facciones exageradas, como se acostumbra, se aprovecha de la ingenuidad de un pueblo y, bajo las banderas del progreso se apodera de la luna para lucrarse a través de la venta de la misma por pedazos. La trama gana en intensidad al mostrar los dos polos: la astucia y artimañas del villano frente a la ignorancia de los habitantes.

De la misma manera, la novela muestra un narrador que todo lo sabe; presenta cambios espacio-temporales sutiles, jocosas ilustraciones y unas nominalizaciones graciosas de cada actante. En cuanto al empleo del lenguaje, esta producción posee una prosa fresca, enriquecida de figuras literarias comprensibles sin necesidad de recurrir a extraños trucos retóricos: “Ella opuso un poquito de resistencia, como una oveja amarrada que quisiera seguir detrás del redil de estrellas “ (Román, 10).

Pero tras esa bella estantería, se puede apreciar a un Celso Román que lanza una voz de protesta frente a las actitudes monopolistas y autócratas de quienes regulan los recursos naturales. En este caso el rapto de la luna es la materia prima que vehiculiza la denuncia a través del discurso literario.

Así, a medida que la historia muestra la transformación del pueblo, se erige en la narración la figura del poeta y los niños como representación de la sensatez frente a la ceguera de un pueblo que poco a poco se da cuenta de su error y trata de salir del letargo. Entonces, el poeta es ese vocero interminable que incluso es ultrajado por los moradores. “-¡Ah tonto poeta!, ¡Siempre soñando! ¿No oíste acaso que con un pedacito de luna en cada casa vamos a ser el país mas civilizado de la tierra? ¡Vergüenza debería darte por no estar con el progreso!” (Román, 20). Interesante pasaje donde se cuestiona la relación conservación natural- progreso, en este caso un falso ideal desarrollista promulgado por el ladrón de la luna a expensas del pueblo.

En si, esta obra, aparte de las bondades citadas, permite integrar el discurso científico vuelto ficción, con lo literario y lo social, pues por medio de la función poética del lenguaje, la narración otorga - sin frías hipótesis - explicaciones a fenómenos sociales y científicos, como por ejemplo la influencia de la fuerza de atracción de la luna para alterar las mareas.

Con base en lo anterior planteo los siguientes interrogantes: ¿Por qué hablar de literatura infantil como producto inocente, o lo que es peor, de niños incautos e incapaces de leer propuestas como la de Celso Román? ¿Acaso en Los Viajes de Gulliver, solo se aborda el pretexto de los viajes? El reto esta ahí y en este caso la novela lo plantea de una manera excelente.

José Alejandro Cardozo


Estudiante de X Semestre de Licenciatura en Lengua Castellana
Universidad del Tolima

Ficha del libro: Román Campos Celso. El hombre que bajó la luna. Bogotá: PANAMERICANA EDITORIAL, 2001

5 comentarios:

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  2. ella se rebelo se canso de la maricacha

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  3. Cuales son los personajes principales y segundarios de la obra

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