lunes 13 de febrero de 2012

LETRAS PARA TRASHUMANTES DE LA CALLE.

Siempre que se ha escuchado hablar de un autor que resulta importante para las letras de algún lugar, se espera que lo que llegue a  las manos corresponda con lo que se ha oído. Pero en este caso, debo decir que de entrada, no fue así. Claro que la visión sobre el particular cambiaría pronto. 

El libro en su presentación es poco atractivo; un marrón vencido y una imagen de portada opaca que sólo se  entiende cuando se acerca lo suficiente a la vista (“Impasse Cottin” de Maurice Utrillo: pintura en la que se aprecia un callejón de casas impares que termina en una cuesta de escaleras y en el que no hay sino un farol desprovisto de energía. Cuatro siluetas humanas suben por la escalera). El nombre del autor muy por debajo de la letra normal, no se reconoce con facilidad, y un sello editorial  desconocido. Sin embargo, casi como único elemento que llama de entrada la atención del lector se encuentra la metáfora de lo desolado que puede resultar algún lugar: La calle del farol dormido.

Con este título cualquier lector avezado sabe que en medio de su cansada imagen, existe la  necesidad de auscultarlo, de seguirle la línea hasta que en medio de todo se descubra  por qué  el libro se presenta de esta manera y bajo ese título. Pues es claro que no se trata de una metáfora plana y falta de contenido,  antes bien, desde la simbolización del lenguaje, se hace referencia al abandono y el desarraigo, evidentes en una  calle  que se adueña de la ciudad en la penumbra.

En este libro de relatos, César Pérez Pinzón, haciendo un serio miraje a la ciudad de Bogotá, recurre al reconocimiento que se ha negado a los habitantes de la calle, y, con particular belleza,  da vida a algunas de las historias que se urden en la mala sombra del cartucho y sus barrios aledaños, como el Santa Fe y el cementerio central. Podría decirse que incluso la misma calle no es el objetivo, más parece que se buscara la inocencia clandestina que rodea la cotidianidad de los personajes que circulan por la Bogotá de la oscuridad, del vicio eterno.

No se ignora ninguna puerta y hasta los refugios, donde se ocultan algunos hombres y mujeres de actividad oscura, son sacudidos por el estrépito de un puño insistente sobre la madera engrasada y carcomida, que los separa de las heladas corrientes del aire exterior. La humedad y el frio se atenúan por la persistente bruma que se pasea por la ciudad como un sucio velo ocupado en opacar el fulgor de los astros y de los avisos luminosos.”  Pág. 15.
Cinco historias componen La calle del Farol dormido. En alrededor de 150 páginas podrá el lector encontrarse con la vida de Fabrizio Ovelar, un hombre que gasta  en prostitutas y licor el escaso pago de la pensión que ha conseguido como profesor de historia, y que en medio de una extrema urgencia familiar, decide intentar un robo para terminar en un eterno odio hacia los niños. Se encontrará seguramente el lector con el naciente cinismo de Marcelo Cabral que, en apariencia, tiene un encuentro demasiado cercano con el pasado de su padre y con su futura muerte. Este Marcelo Cabral ha de aparecer nuevamente en la escritura de Pérez Pinzón cuando publique su novela Hacia el abismo, en la que sin duda es un personaje mucho mejor trabajado.

Pero no todo en el libro se reduce al submundo del alcohol y las drogas que circulan por el cartucho. Los dos cuentos con que finaliza, están dedicados a otra suerte de destinos. En uno se asiste al descubrimiento de un acto terrorista que termina por destruir la vida de tres viejos amigos, y que hila entre su trama, la historia de la explosión del avión de Avianca en pleno vuelo en el año 1989; en el otro, un reconocido escritor pareciera dictarnos su biografía a través de un narrador que se inmiscuye con autoridad en fragmentos poco referenciados de su vida.

En fin.  Quiero hacer un breve paneo por su primer cuento, Aquella noche silbaba el viento, que  a mi juicio, encarna el sentir profundo del título del libro, y que en medio de sus líneas logra atrapar con verdadero encanto a quien lee. Tuve la posibilidad de  conocer el cartucho en mis tiempos de adolescente, y de oír algunas de las acostumbradas historias de muertos y desaparecidos, y pensé que en los relatos de esta obra hallaría el retrato de cadáveres que no se desperdician y de hombres que conviven entre el hedor y el ronquido agudo de las ratas mientras apaciguan el hambre con pegante o periódico mojado.

Sin embargo, lo que me conmueve de este relato de César Pérez no es la evidencia del abandono o el reconocimiento de la extrema miseria a que son condenados, por mano criminal o por mano propia, los habitantes de esta extinta zona álgida de la ciudad. No. Es la ternura, la calidez y los lazos de afecto que el autor desnuda para la ciudad misma, que no entiende que en medio del estrecho habitáculo por el que circulan mil y un mendigos, nómadas del centro urbano, existe la entera vocación de lo honesto, del respeto y de la ley.

Mateo y María, personajes centrales de la narración, son trabajadores de la plaza de mercado, que por situación de precariedad deben acomodar su vivencia cotidiana al trajín que ofrece la mencionada calle. Pagan un par de pesos por un cuartucho de mala saña en una pensión innombrable. Pero su rutina se ve invadida por el romance de su mujer con un hombre joven, que más temprano que tarde, hallará la muerte por causa de las lógicas de lealtad que se tejen en la confabulada noche de los desposeídos.

La lealtad  es el sentir sincero que une a dos o más hombres en defensa de común causa, por la convicción de su honrado proceder y anteponiendo, incluso, la vida. En el caso del relato de María y Mateo, los habitantes de la calle del farol saben que es preciso resarcir al inquilino que ha visto burlada su honestidad, limpiarlo de la intranquila mente de quien descubre a su mujer sosteniendo constantes encuentros de pasión con otro joven del sector, y que es necesario que el culpable pague con su cuerpo lo que le ha quitado al otro.

En esto consiste la trama, y para fortuna del lector, el ojo termina agradecido por los constantes ritmos y puntos de tensión. El narrador se acelera cuando evoca el instante en que el corrillo de míseros se reúne para dar fin  a la existencia del joven fornicario,  abre certeras dudas en el lector cuando se devuelve a la escueta vida matrimonial de Mateo y María.Reúne en nuestra memoria las posibilidades para que nos confabulemos con los criminales y no con los amantes, porque nos mete en la lógica secreta de la cuadra del farol, en la que sólo puede haber lugar para los afectos de fraternidad; suficiente desprecio se tiene afuera como para traerlo pegado al cuello hasta la propia vecindad mortuoria. Así que  el relato transcurre maligno hasta el punto en que se sentencia, con toda crueldad y legalizada mano al amante, que sólo y en medio de la lluvia, extingue cualquier esperanza de vida para su cuerpo apaleado por la horda.

A pesar de encontrar vestigios de misericordia en el relato,  y de creer que en ocasiones el narrador parece no compartir la suerte que correrá el joven, Pérez Pinzón aterriza con precisión las imágenes que la calle destina para sus hombres:

Un nuevo grito de júbilo por parte de los reunidos le usurpa los recuerdos y vuelve a ver al muchacho que se arrodilla conteniendo la sangre que salta a borbotones de su nariz golpeada. Empieza a declinar su decisión y, por unos momentos que debe parecerle despreciables, su cara es surcada por afilados gestos de urgente misericordia. (…) La fortaleza de sus músculos no se ha echado a perder, pero ahora se ven disminuidos, como un caucho al que acercan una llama. La piel de sus pómulos se ha secado buscando un pronto contacto con el hueso y el rosa natural de sus labios ha menguado. Algunas de sus costillas forcejean contra la carne de sus costados.”
Entre tanto, los esposos parecen aceptar que la lógica de la calle no está en  acabar su relación, sino en extinguir la vida de quien ose intervenir en ella. No se trata de renunciar al hogar  que han construido, tampoco a  los placeres que se ofrecen; simplemente se elimina cualquier intento de  intromisión. En ello reside la trama del relato.

La sutileza del lenguaje de este autor tolimense, permite ver que su estilo no vacila  a la hora de hacer que la realidad, por más tosca y cruda que sea, pueda dictarse para la historia con palabras precisas y que ennoblezcan el acontecer  del hombre sobre el tiempo. Hay rigurosidad en el detalle, que acompañado del sentir poético que ha caracterizado la narrativa  de Pérez Pinzón, hacen de la prosa de este libro de relatos, una continua lección de prudencia y exactitud.

Omar González.

Ficha del libro: Pérez Pinzón, césar; La calle del farol dormido. Fondo mixto para la promoción de la cultura y las artes del departamento del Tolima. Forum Pacis editores. Ibagué 1996. 148 páginas. 2da edición.

martes 24 de enero de 2012

LAS ALABANZAS Y LOS ACECHOS


La forma como se puede concebir un libro de cuentos, ya sea por parte del   lector o escritor, subyace, en cierta parte, en descubrir una temática que encierre los relatos a través de las exigencias de la escritura dando una diversidad de temas para su entendimiento. Es decir, que las lecturas y escrituras pueden darse por un  tópico que encierre varias historias en un libro literario. En otros casos pueden ser textos fragmentados con un carácter distinto, es decir, tener diferentes temáticas con el fin de recrear un mundo poco tangible al lector para que este mismo busque afinidades.

La producción de cuentos que rondan en medio de un territorio y en intermitencias de personajes que por momentos vienen a ser vitales en los relatos, es lo que se puede encontrar en el libro de Fernando Cruz Kronfly, Las alabanzas y los acechos, del año 1980.

El libro contiene una exploración del ser humano por pasajes comunes y en territorios no poco conocidos, enmarcados desde otras ópticas que se desprenden en la amplitud de la existencia y en los recuerdos como síntoma de desequilibrio constante, para someterse al contenido social que alberga incertidumbres.

Los recuerdos acompañados de Silvestre Morón, es un claro ejemplo donde el relato le da una importancia al recuerdo en la trama de un circo. El recuerdo se viene a enfocar con la llegada de una mujer  demasiado talentosa, buscando un trabajo donde explorar nuevos territorios, y que el narrador conoce muy bien al describirlo  y describirla en su labor: “…todo aquello que guarda relación en el manejo del cuerpo con el límite del peligro… -y continúa- estuvo a punto de aprender a hipnotizar, y a quien casi mata de un mordisco en el cuello, una noche de amor, pues…” (Pág. 35). Las acotaciones del narrador, no son un simple espectáculo erótico, sino, también, el divertimiento del peligro y la imposibilidad mezquina de sondearla en los vestigios del amor en un escenario común como es su apartamento.

La expresión de este autor caleño viene a representarse en sus cuentos como un dominio de la vida en los espejismos, en la curiosa inversión de los personajes y los cambios de narradores. No obstante, los retornos que se llevan en la mayoría de cuentos se dan por la existencia de Salamando. Él es un eje en las historias que se entre cruzan en los cafés. Cuando lo habitantes de las calles deciden hilar los recuerdos, siempre entrarán poseídos por Salamando, no como una bestia infernal, sino porque se hace indispensable seguir el rastro de este personaje para tejerlo con los demás relatos: “Ver pasar al viejo Salamando, tan frágil como se observa en panoramas desde aquí,…(Pág. 14.). El personaje aparece constantemente, de cuento en cuento, como figura estructurante del libro. así por ejemplo, en otra narración se afirma que  “Eloy Salamando hizo a un lado algunos algodones entrapados…” (Pág. 81.) La presencia de Salamando es, en ocasiones marginal, aunque constante, y se proyecta como principal en un relato llamado Nadie se muere en esta vida.

Por otro lado, se observa, además de las inversiones estilísticas, que los cuentos vienen a circular por entramados indescifrables y tormentas en los muros de los barrios que provienen de una o varias guerras metaforizadas desde lo más mínimo de sus detalles: “Además, si en medio del combate un pájaro gira en el cielo de cenizas… y de aquellos promontorios de muertosinocentes que se forman en las esquinas” (pág. 105.).

No hay que mirar de soslayo las intermitencias de la escritura de Kronfly, ya que en cada uno de sus relatos se conservan estilos para bifurcarse y desentrañar el laberinto de Las alabanzas y los acechos.

LUIS FERNANDO ABELLO
Ficha del libro: CRUZ Kronfly, Fernando,  Las alabanzas y los acechos,  Editorial Oveja Negra Ltda, 1980. Bogotá, Colombia. 

jueves 15 de diciembre de 2011

CHE, CANTATA PARA VOCES, TAMBORES Y CHIRIMÍAS DE JORGE ZALAMEA

Así pasa la vida, vasta orquesta de Esfinges
que arrojan al vacío su marcha funeral”.
CÉSAR VALLEJO
Jorge Zalamea (1905-1969) es conocido por ser un escritor colombiano que ocupó cargos  diplomáticos, luego fue exiliado, y  también activista de la paz. Se le confirió el premio Casa de las Américas en 1968 y por la totalidad de su obra el Lenin de la Paz. Tradujo además la obra del poeta Saint Jhon- Perse. Algunos de sus libros  son El Gran BurundúnBurundá ha Muerto, El Sueño de las Escalinatas, El Viento del Este da Nuevas Al Gran Salto, así comoIntroducciòn a la Prehistoria y el libro que da título a este texto.
Quizá como él, vivimos en un mundo cada vez más sordo a la música.Por eso extraña el hallar obras poéticas emparentadas con el lenguaje de las melodías, por ejemplo de la cantata. Esta, es una composición musical profana o religiosa para una o varias voces con acompañamiento.
En el caso de la obra Che, Cantata para Voces, Tambores y Chirimías, se compone de un primer movimiento, “grave o scherzo furioso” por segundo un “Andante”, el tercero es un “Adagio” y por último un “Allegro Moderato”.
Es perceptible la musicalidad de los versos, que al ser leídos en voz alta se comportan melodiosos, dramáticos, con un fuerte componente de tragedia, donde la visión maternal y mítica de la MadreTierra acoge en su seno primordial al héroe caído.
En ese sentido, el hombre muerto por quien retumban las voces, tambores y chirimías, simboliza la lucha del Ser por superarse así mismo, o de la naturaleza humana por superar el imperio de la razón instrumental, la eterna búsqueda de la libertad del espíritu cultural, aquel que otorga a la imaginación una facultad de conocer lo verdadero, como una mentira que muestra la verdad, o así como lo manifestó el poeta francés revolucionario y vanguardista André Bretón: “lo imaginario es lo que tiende a volverse real”.
PROSA Y VERSIFICACIÓN EN LA CANTATA
El primer movimiento es abierto por el Coro, quien observa y canta que: “el horror, como un murciélago, las enloquece”. Pág. 24. Además  que las Mujeres lucen: “Poseídas por el bifronte dios del amor y del odio, ya sus palabras no son inteligibles para nosotros y se confunden como la lluvia a la granizada en este estrépito que nos atemoriza”. Pág. 28.
El segundo (Andante) se caracteriza por la percusión. Símbolo de la guerra, resuenan los tambores. El trueno es una alegoría del conflicto bélico. Así como resuenan el huehuetl, el tepoznotle azteca, el tunkul maya, el pax, los atabales tendidos con piel humana de las antiguas comarcas del Cauca: “¡En toda América una tempestad de tambores enlutados!” pág. 39. “La tempestad de los tambores, en horrísono crescendo, dispersa al Coro, doblega a las Mujeres sobre la tierra, persigue al Mensajero y sacude toda la selva de cobre y estaño que rodea el lugar donde yace Él”. Pág. 40.
Con el Corose sienten las voces de cinco diferentes hombres: indio, negro, mestizo, blanco y mulato. Ante ellos, cuatro mujeres plañen sus penas. Estas “aullantes de viudez” reclaman al “Gran Tata”, Al Comandante, al Che, arrebatado violentamente por oscuras fuerzas. Frente a sus lastimeros gritos, el Coro manifiesta lo siguiente: “Mujeres de poca fuerza: cada vez que uno como él cayó, uno nació como él”. Pág. 50. No obstante, también es cierto que “ (…)  la gris desesperanza ventea sobre ellas y las salpica con la caspa de su viudez renovada.” Pág. 54.
Con una especie de poemas sociales, se tematiza el hecho de encontrar contradictoria más que absurda la guerra fratricida, puesto que:“bajo el uniforme se niega la sangre y se pudre el corazón” pág. 57. Por lo cual, la voz poética se cuestiona: “No sé por qué piensas tú, soldado, que te odio yo”. Pág. 58. Quizá le resulte vergonzoso el hecho de ser colombiano, de esa catástrofe que es el acto de nacer, de vivir para una muerte violenta y sin sentido; aunque aparentemente sea la condición natural del hombre: “Vergüenza, vergüenza, vergüenza de nuestros vientres mal sembrados / ”. Pág. 60.
De nuevo, el Coro nos recuerda cómo se ha envilecido el valor de la vida, así como el valor de la muerte, al hacer de esta un trofeo de guerra, por ejemplo al exhibir imágenes o porno-textos en los medios de comunicación masiva, ya sea la prensa con su crónica roja y su prosaico amarillismo o los noticieros donde todo es un diminutivo falazo simplemente las falacias de la Internet de nuestros días:
“Alucinadas por imágenes que nuestros ojos no perciben, las mujeres azotan la tierra con sus frentes, vierten sobre ella todos sus miembros en espasmos tetánicos./ Sus gritos agrietan los tímpanos, taladran el cráneo, penetran hasta los sesos vivos y los baten como una crema teñida de sangre.” Pág. 60.
También se encuentra un hombre desnudo, al parecer el Comandante,  recitando una especie de letanías u oraciones como estas: “semilla de la violencia/ fornícame/ Estrella de la sangre/ condúceme/ Cobra de la falacia/ adiéstrame…/ ¡Capa pluvial de la muerte/ cúbreme! / ¡Crujiente arreo de la muerte/ cúbreme! / ¡Bandera triunfal de la muerte/ Cúbreme, cúbreme, cúbreme!” pág. 66.
Ante estas palabras, las Mujeres y Hombres, lanzan imprecaciones al Recluta y el Maniquí Militar, quienes tras asediarlos, se esfuman hasta desaparecer cuando vuelve la plena luz al lugar. Con esto no solo se reconoce el poder de la santería afro-caribeña; pues también se adhiere a una suerte de hibridación con los rituales místicos o las creencias espirituales y cosmogonías de las tribus pre-hispánicas. 
De lo anterior, se desliga el que esta elegía coral a Ernesto Guevara es idealista y utópica cuando pretende la función social de la poesía, al construir hombres dueños de su propia existencia en sociedad, de la naturaleza, de sí mismos, individuos libres.Es decir, que se aferran a una verdad individual quizá absoluta y definitiva así como su desenfrenado amor a la humanidad. Una verdad por la cual vivir o morir para enfrentar así la vida desde un idealismo encarnizado o en realidad una lucha contra la “vasta orquesta de Esfinges que arrojan al vacío su marcha funeral”.
Algunos escritores como César Vallejo, Luis Vidales, Pablo Neruda o Nicolás Guillen también se aventuraron con este tipo de creaciones basadas en la realidad social e histórica y política. Aunque, actualmente, causa desencanto y perplejidad el impacto simbólico de un personaje legendario como Ernesto el “Che” Guevara.
 Lo digo apoyándome en el hecho de encontrar su imagen convertida en un ícono de la industria cultural, es decir, reducido a objeto de consumo audiovisual, imagen masificada y desmitificada, también símbolo desgastado de cierto espíritu beligerante, subversivo y divergente, por ejemplo en canciones de “Música protesta”, en largometrajes hechos en Hollywood, en camisetas, gorros, afiches, calcomanías, separadores de libros, grafitis, murales, o en tatuajes de jóvenes suicidas.
También el boxeador norteamericano campeón de los pesos pesadosMike Tyson, se hizo uno cuando estuvo en prisión junto a otro del rostro del chino Mao TseTung. Y el futbolista argentino Diego Armando Maradona también lleva un rostro de Guevara tatuado en su brazo. Y algunos estudiantes universitarios lo llevan más que en sus carnes tatuado, en el alma. Porque significa sus espíritus contrariados e inconformes con la realidad y la libertad que les han obligado a discutir y derrumbar por ser tradicionalista, autoritaria, dogmática, burocrática, conservadora de las tradiciones, contradictoria, perversa.
Quizá esto se deba al problema planteado por Jesús Martín Barbero, al retomar a Marlyse Meyer, quien cree que vivimos en una realidad contradictoria y desafiante, bajo una lógica perversa donde se logra hacer coexistir y juntarse de modo paradójicamente natural la sofisticación de los medios de comunicación de masa con masas de sentimientos provenientes de la cultura más tradicionalmente popular.Esto en el seno de una sociedad violenta, cínica y corrupta, cerrada a la diversidad y pluralidad de pensamientos, a la imaginación y la posibilidad de creación de mundos… para despegar pues ya no es mágico el mundo o como escribierael chileno Pablo Neruda:
“Hay cementerios solos,/ Tumbas llenas de huesos sin sonido, / El corazón pasando un túnel / oscura, oscuro, oscuro, / como un naufragio hacia dentro nos morimos, / como ahogarnos en el corazón, / como irnos cayendo desde la piel al alma.”
Por: Víctor Hugo Céspedes. 
CHE, CANTATA PARA VOCES, TAMBORES Y CHIRIMÍAS; ZALAMEA, Jorge. Carlos Valencia editores, Bogotá, 1980. 78 páginas.

lunes 5 de diciembre de 2011

LA CALLE DEL CAPITÁN DE ELMER J. HERNÁNDEZ

“La nostalgia del paraíso es el deseo del hombre de no ser hombre”.
Milán Kundera
El mundo, desde su esfera circundante, nos muestra distintas posibilidades para construir un ideal de vida. Sin embargo, en la mayoría de los casos terminamos desorientados  y en vez de construir  nos moldeamos como simples figuras de la tradición. Por tal motivo, se crea en nuestras vidas una atmósfera de  inconformidad que genera conflictos existenciales llevándonos a cuestionar nuestro lugar en el mundo.

Es así como surgen dos posibilidades: seguir el camino que nos trazaron, decorado con una modesta tristeza que se encarga de ser nuestra guía, o  dirigirnos ciegamente por lo que nos hace felices y nos da el placer, así esto nos cueste la exclusión pertinaz del sistema.  Pero independiente de la decisión que tomemos, también existe la posibilidad de que ambos caminos se crucen y, por un momento fugaz nos cueste distinguir si es sueño o realidad.

En ese sentido, el cuento del escritor tolimense Elmer J. Hernández,  “La calle del capitán”, muestra una situación en la que su personaje principal, “Anselmo”, se pierde por un instante en un mundo ideal que es una simple calle cercada de personas y cotidianidad. Sin embargo, todo lo deseado, soñado y buscado por Anselmo, se encuentra allí, aunque su paranoia y desconfianza finalmente lo lleven a escapar de esa calle a la que nunca más puede volver, generando en él una nostalgia incesante.

Ante esta situación se ve demostrada la complejidad del humano, y esto se da no porque este sea complejo por naturaleza, sino porque el sistema se encarga de imponernos un “deber ser”, que en la mayoría de los casos va ligado con la productividad. Por lo tanto si no produces ganancias no eres útil a la sociedad. Y este sentimiento invade regularmente a Anselmo, el personaje principal del cuento, por eso trabajaba a hurtadillas de la ley:

Anselmo descubrió que poseía una amplia imaginación y una sorprendente capacidad para urdir cierto tipo de acciones. Ante el despliegue de su ingenio Grette y Lalo lo miraban y le sonreían con sincera admiración. Así, pues, y aunque ahora no recordaba las circunstancias precisas, pero sí la sombra de Grette y de Lalo al lado de su sombra, se encontró enrolado en una banda de ladrones (…) (pág. 18)

Anselmo, como muchos, era un soñador y anhelaba vivir en su pueblo como un triunfador, y a pesar de que con su oficio de ladrón ganaba dinero, no lograba impresionar a su familia: nadie se entusiasmó con el fajo de billetes que puso en el comedor a la mañana siguiente (pág. 20). Por lo tanto, los sueños de Anselmo se vieron frustrados y ya no tenía sentido estar en su pueblo: con amargura, Anselmo comprendió su deseo de distanciarse por siempre de ese pueblo (pág.20).

De esta manera, Anselmo caminó sin rumbo ni horizonte, y como todo hombre furtivo vivía con el temor de ser aprehendido, por eso cuando llegó a “La calle del capitán” por causas del destino, él mismo fue quien se encargó de salir de allí, aunque en el fondo su deseo fuese quedarse por siempre: Anselmo salió de la calle desierta y como no quería tropezarse con nadie y menos con el viejo capitán aligeró el paso. ¿Quién era él para merecer la vida en ese lugar? Se preguntó varias veces y luego echó una ojeada atrás. (Pág. 42).

Allí queda demostrada la indecisión que somete a Anselmo a renunciar a una vida de tranquilidad, pero ante todo, a una felicidad acompañada de una hermosa mujer, un amigo sabio e influyente como el capitán y toda la comunidad de gente que rodeaba la calle. Es decir, renunciar a un paraíso que como un sueño fugaz lo abrazó, pero ligeramente lo soltó, dejándolo desamparado en el mundo hostil de donde vino y que tanto aborrecía.

Así, el cuento  muestra cómo desechamos o no sabemos distinguir cuando se nos presenta una oportunidad de cambio y en ese devenir dejamos escapar la felicidad tan anhelada. Finalmente no sé con claridad cuáles eran las verdaderas intenciones de Anselmo,si en realidad su objetivo era salir de esa calle, porque no se sentía capaz de vivir en plena tranquilidad o su paranoia de ser capturado y perder lo más preciado, su libertad o quizás las dos. Pero lo que sí pude descifrar es que la nostalgia que lo invadió al no poder encontrar nunca más La calle fue inmensa e inmutable.

En ese sentido, resta decir  que más que un paraíso efímero, “la calle del capitán” es una grieta que tal vez todos en algún momento encontramos en la pared de lo cotidiano y lo monótono, pero, como Anselmo, dejamos escapar, ya sea por paranoia, ignorancia o simplemente porque así lo deseamos, pues qué sería del hombre sin los declives que se presentan en la vida. Supongo que no seriamos humanos, sino unos entes dados a la felicidad y la tranquilidad.

Paul Riaño Segura
CALLE DEL CAPITÁN.
Autor: Elmer J Hernández E.
Primera edición 2008-01-29 Ibagué Tolima Colombia.
Edición germinemos editores. ISBN 978-958-98528-0-4.
Impreso por EDITORIAL ATLAS impresores