sábado, 19 de septiembre de 2009

LA MANSIÓN DE ARAUCAIMA

Es difícil realizar una comparación entre una obra literaria y su adaptación al cine, pues tanto la literatura como el séptimo arte poseen dos lenguajes y configuraciones semióticas diferentes.

Intentaré entonces no hacer una comparación, un paralelo o jerarquización de las mismas, sino me permitiré mostrar ambas obras en su independencia, sin dejar de lado su única relación: ambas son obras colombianas. Empezaré por referirme a la obra de Álvaro Mutis La mansión de Araucaima y posteriormente la entrelazaré con la película homónima de 1986 de Carlos Mayolo.

Tal vez una de las pocas e inciertas razones por la cuales me acerque a este libro fue una peculiar reseña que la categorizaba como “novela gótica de tierra caliente”; eventualmente pensé en una castillo, en vampiros, en bosques, en Melgar, en una piscina y los insoportables jejenes.

De lo cierto o incierto del hecho que Mutis la escribió para demostrar a su amigo Luis Buñuel que sí era posible escribir una historia gótica en medio del calor del trópico, no puedo confirmar su veracidad pero de ser cierta, Mutis logró su cometido.

A medida que mi lectura avanzaba descubrí que sí se trataba de “tierra caliente”, de una mansión que era más una casa colonial, que tenía unos personajes peculiares y una extraña fuerza, suficiente para dinamizar todo en la casa.

La mansión es un espacio atrapado en el tiempo o un tiempo atrapado en ese espacio: los personajes que llegan a la casa jamás la abandonan. Se convierten en fantasmas aferrados a sus propios pasados, casi abúlicos, llevados por las pasiones y enfermos en su propia existencia.

La casa en apariencia no es muy diferente de las haciendas cafeteras de la región, pero Mutis le imprime cierta gravedad, nos la muestra más grande, con unas proporciones que determinan el matiz del relato.

Cada uno de los personajes, el guardián, la machiche, el piloto, el sirviente, el fraile, la joven y el dueño, cumplen una función en la casa, son representaciones de la sociedad; en ellos se encuentra el sacerdote, el militar, la prostituta, los obreros (esclavos en esta ocasión). Vidas rutinarias y enrtrelazadas por el casi matriarcado de la Machiche, quien los conduce por caminos apasionados y febriles; ellos van cayendo en las trampas que la mansión (el destino) les depara.

Con la llegada de una joven modelo (Ángela) que filma un comercial en cercanías a la mansión, aparece también un nuevo aire y sangre fresca para estos fantasmas de carne y hueso, que terminan consumiéndose por los celos frente a la nueva aparición.
Por otro lado, la obra de Mayolo, sin lugar a dudas es una de las mejores películas colombianas que he visto; el tratamiento audiovisual que el colombiano presenta resalta la vastedad del relato. Mayolo logra recrear el ambiente lúgubre de una mansión olvidada en el tiempo, abandonada al calor y al pasado de sus habitantes.

Los planos y los movimientos de cámara acentúan la excelente interpretación de los actores. El director nos permite recorrer la mansión con cada uno de los personajes y va entrelazando sus historias.

La trasposición de escenarios entre el set de grabación donde se encuentra trabajando Ángela (la joven) y la mansión a la que posteriormente llega en bicicleta, se realiza de una forma esplendida pues del traveling por los caminos de herradura a los planos fijos en la entrada de la mansión poco se distingue en medio de las haciendas y la vegetación tropical.

Magistralmente el ritmo de las escenas y los planos se acelera: conforme pasa, suceden los hechos y las pasiones de los personajes los van llevando a su propio final. La luz que llena los espacios vacíos de la casa y los primeros planos de los personajes muestran ese vacío y esperanza ya perdida en los personajes.

Sin lugar a dudas La mansión de la Araucaima una de las mejores películas que se han realizado en el país y que, como pocas, supo respetar la historia creada en la literatura, pero puesta en escena y en celuloide con un lenguaje diferente, propio del séptimo arte, propio de nuestro país y de la cosmovisión que se esconde en los directores que no sólo proponen temas sino una estética más que latinoamericana, colombiana.

Nazly Pita

Ficha del libro: Mutis, Álvaro. La mansión de Araucaima. Bogotá: Oveja Negra, 1982.


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