sábado, 16 de junio de 2012

LA ESPLÉNDIDA CASA DE LA DECADENCIA” DE POLICARPO VARÓN.


No es nuevo decir que el hombre es un ser complejo por antonomasia. Su vida, no en términos biológicos sino existenciales, guarda una asimetría radical con los otros seres que comparten con él sus mismas características, ahora sí, biológicas. Decir que la composición literaria lleva al hombre a límites insospechados tampoco es nuevo, que además de esto lo describe según su época y cómo esta visiona al hombre al igual que la paideia griega, son conceptos que ya reposan en conocidos manuales de literatura y filosofía.
Aun así, decir que la comprensión del hombre implica (como lo afirmara el filósofo de la selva negra) necesariamente una comprensión del ser,  permite centrar la interpretación del hombre habitante del texto literario en la develación misma del hacer del sujeto. Este hacer es un hacerse en el tiempo que es ya de por sí histórico. Dicha historia sirve como antecedente a la propia conciencia, manifestándose así que al surgir la pregunta sobre lo sucedido se está recordando un pasaje de la propia historia que ha hecho mella en el ser, y que a su vez no le es indiferente, por eso lo recuerda, busca angustiosamente reinterpretarlo, pero sabe de ante mano que si surge una nueva interpretación esta es sólo el posible contrario a lo ya sucedido, lo incambiable, la página impresa y publicada.
Ese retornar al pasado es excavar la tumba donde yacen los recuerdos que otrora marcaron nuestro paso por el mundo. De ahí que intentar recordar aquellos hechos en muchos de los casos queda en un simple pretender, las razones de esta decisión son muchas, la primordial: conservar la aparente calma alcanzada con precariedad.
La espléndida casa de la decadencia, cuento que hace parte del libro titulado El falso sueño publicado en el año 1979, narra la historia de dos personajes (Rosina y un hombre, voz narradora) cada uno en sus circunstancias perseguido y perseguidor del tiempo, tal como se lee al inicio de la narración: Varias veces en el año yo me acordaba de Rocina y me decía  que lo primero que haría al volver a San Bonifacio sería ir a verla (pág.155).
El recuerdo -eje central en el que gira la narración- vive al acecho del hombre, trayendo con sigo felicidad pero también angustia, necesidades no satisfechas, aplazamientos que quizá le pudieron haber dado sentido al presente, en fin posibilidades inconclusas que marcan proyectos frustrados. En este orden el tiempo es como (…) la interminable corriente del agua de la fuente (…) (pág. 158) que observa Rosina, y el ser (…) las flores marchitas y abandonadas (…) (pág. 159) de su jardín.    
Recordar es como si al observar la cicatriz no nos satisficiera la mera imagen  que esta ha dejado en la piel, sino que recurriéramos a provocar nuevamente la herida para sentir una vez más aquel momento vivido, el imperceptible sonido de la piel al desgarrarse, los dinámicos colores de los tejidos desnudos y posteriormente bañados por la sangre. En consecuencia son todas estas escenas las que rememoran vivencialmente el acto mismo a recordar.
Pero desempolvar el recuerdo tiene el propósito de pensar la posibilidad de volver a vivir estos hechos, la visita del hombre a casa de Rosina así lo hace saber. Él va en busca del pasado que vivió al lado de ella, confronta su realidad al ver en la mujer la misma figura férrea y hostil que conoció hace dos décadas, claro, ya aminorada por el paso del tiempo: En el corredor sólo había hecho una pálida imitación del esplendor que había perdido, actuaba todavía (siempre fue la primera actriz en la comedia de la vida) pero era una actriz acabada y desacreditada, abatida por el tiempo (pág.157).
Tal “abatimiento” no era sólo de Rosina, este estado lo comparte con el narrador, de ahí que haya decidido regresar a verla pensando quizá que al volver a San Bonifacio haría un “viaje en el tiempo” y rememoraría un estado de gozo junto a ella. Este propósito no se pudo dar al comprender el narrador que Rosina ya no llenaba mis largos silencios (pág. 158) y que la mujer sólo conservaba (…) la fiereza del náufrago (pág. 158).
En tales circunstancias reconstruir la historia constituye una labor dispendiosa para quien la ejecuta, mas si esta implica al ser mismo que se indaga y se cuestiona, pero que en definitiva es consiente que al final de la vida es poco lo que se puede llegar a hacer para resarcir lo postergado, que la duda es la herida que no sanó, es la voz que habla de posibilidades, o mejor, el leve quejido agudo y continuo que sigue  (…) consumiendo sus días en la soledad y la indecisión (…) (pág.158).    
JHON EDWIN TRUJILLO
Ficha del libro:
VARÓN, Policarpo. La espléndida casa de la decadencia. En: “Cuentos Del Tolima. Antología Crítica” Sello Editorial Alma Mater, 2011. 

miércoles, 23 de mayo de 2012

LA LITERATURA COLOMBIANA EN EL SIGLO XX


Hacia finales de 1980 y comienzos de 1981 se vivió, en el ámbito de la prensa nacional, una disputa entre el asesinado dirigente conservador Álvaro Gómez Hurtado y el profesor de la Universidad de Bonn, Rafael Gutiérrez Girardot. El eje de la polémica: un extenso ensayo de Gutiérrez titulado “La literatura colombiana en el siglo XX”, publicado en el tomo III del Manual de Historia de Colombia, cuya financiación corrió a cargo del Instituto Colombiano de Cultura y Procultura.
Además del periódico El siglo y la revista Gaceta, los textos que públicamente intercambiaron Gómez y Gutiérrez Girardot se pueden encontrar en el libro Hispanoamérica: imágenes y perspectivas (1989), bajo el título de “La ciencia conservadora”. Está de más exponer cómo el profesor colombiano empequeñece los argumentos de su contendor con una prosa llena de ironía y erudición que desemboca en una postura política, de duros ataques en contra de los ex presidentes Eduardo Santos y Laureano Gómez.
Para dejar al lector el disfrute de esta polémica no desempolvaré vituperios mutuos, aunque la gazapera sirve para acondicionar la interpretación del texto. Me detendré mejor en algunas de las lecturas que realiza Gutiérrez sobre la literatura nacional en el ensayo de marras. La perspectiva del texto persiste en considerar -como todos los escritos de Gutiérrez Girardot-  la indisoluble relación entre sociedad y literatura: el crítico literario observa la literatura nacional a la luz del proceso de la modernidad occidental en el que, según su visión, estamos involucrados todos los latinoamericanos.
Desde esta perspectiva, traza una sutil línea que divide una mentalidad católico-señorial, de una moderna y que acepta la duda como su derrotero.  Entre quienes adhieren a la primera se encuentran escritores refractarios, desde lo estético e ideológico, a los imperativos modernos y, ya sea porque fabriquen en torno suyo una falsa imagen de cultivadores de la cultura universal o porque abracen abierta o soterradamente los preceptos del catolicismo, expresan una estética retroprogresista, esto es, desaliñadamente conservadora. En la otra esfera se hayan quienes han explorado nuevos lenguajes y nuevos temas, se plantean la reflexión sobre el problema de la secularización (la pérdida de validez social de las normas religiosas), asumen una postura cosmopolita y se enfrentan a la exploración del ser humano no desde el dogma moralista, sino desde la ambigüedad y el escepticismo.
Guillermo Valencia profesa, en esta historia de contiendas, una “estética de la dominación” y una “cultura de viñeta”.  La bohemia bogotana de principios del siglo XX no se enfrenta al provincianismo cachaco, Luis Carlos López (el tuerto) fue un “poeta sustancialmente conservador” y el piedracielismo fue la expresión de la política del “retroprogreso”, patrocinada por el expresidente Eduardo Santos. Los críticos de esta sociedad conservadora -que se congraciaba con una manera de ser monárquica, jerarquizada, que no asume la creación literaria como ejercicio de la oscilación y la reflexión profunda- son, entre otros, José Eustasio Rivera, León de Greiff, Luis Vidales, Tomás Carrasquilla, Baldomero Sanín Cano y Rafael Maya.
En estos últimos se narró el paso del locus terriblis al locus amenus (esto es, el paso de un aparente estado placentero al descubrimiento de la barbarie en la guerra de los mil días, y el gobierno de Laureano Gómez), el anarquismo estético se hizo presente y el sentido común se puso en entredicho. Así mismo, para algunos de ellos fue imperativo mostrar otra Colombia, la que estaba por fuera de los límites de la Atenas suramericana, y adoptar una crítica literaria con capacidad analítica. Los nombres que forman este último repertorio superaron las barreras de una sociedad pacata y señorial y trataron de poner a Colombia en el ritmo de la historia universal.
El ensayo termina con una evaluación de la generación de Mito hacia mitad del siglo pasado. De acuerdo con Gutiérrez -quien, dicho sea de paso, perteneció a la mentada generación- “Mito desenmascaró indirectamente a los figurones intelectuales de la política, al historiador de legajos canónicos y jurídicos, al ensayista florido, a los poetas para veladas escolares, a los sociólogos predicadores de encíclicas, a los críticos lacrimosos, en suma, a la poderosa infraestructura cultural que favorecía las necesidades ornamentales del retroprogresismo” (534). La historia hubiera tenido un final feliz si, siguiendo siempre a Girardot, las élites colombianas no hubieran promulgado la superficialidad en forma de una escuela aparentemente irreverente: el nadaísmo, un movimiento literario que se caracterizó por el escándalo.
La evaluación de Gutiérrez termina en ese momento de las décadas de los 60 y los 70 en que imperó el grito desgreñado de Jota Mario Arbeláez, Gonzalo Arango, Amilkar Osorio y los demás nadaístas. Ha dejado Gutiérrez este ensayo en un instante de incertidumbre y, para desengaño de quienes aspirarían a discutir con las ideas de su pluma, el profesor colombiano fallecido en 2005 no volvió a realizar el esfuerzo de observar la literatura nacional desde una perspectiva orgánica que pensara, con ese ojo provocador, la segunda mitad del siglo XX.  
Sin embargo “La literatura colombiana del siglo XX” cumple con su doble cometido: ubicar a las letras del país en el marco de la historia universal –lo que sintética y esquemáticamente se ha explorado líneas arriba-, y descabalar mitos con el uso de la ironía. Hay que ver lo perturbador que se torna Gutiérrez cuando afirma, por ejemplo, que la estética de Guillermo Valencia (el bardo de Popayán de quien recitábamos “Dos lánguidos camellos/ de elásticas cervices”) se dedicó a trivializar la cultura (452), Julio Flórez fue un “profesional del sentimentalismo” (458), y Eduardo Caballero Calderón no tuvo fortuna con sus novelas porque eran “ilustraciones de sus ensayos” (527).
Con ese humor, en ocasiones riesgoso –porque puede caer en el chascarrillo desabrido,  como lo plantea Vázquez Rodríguez en su reseña “La diatriba como discurso”-, pero siempre retador, es natural que se haya granjeado enemigos, entre ellos el inmolado Álvaro Gómez Hurtado (y tal vez muchos profesores colombianos que repiten con obediencia el canon oficial). Es el humor que se permite el ensayo, el apunte venenoso que acaso Gutiérrez haya heredado del escritor peruano Manuel González Prada y del filósofo alemán Friederic Nietzsche.
 “La literatura colombiana en el siglo XX” es un ensayo de casi obligada lectura para quienes deseen conocer las letras del país desde una perspectiva crítica en el mejor sentido de la palabra, es decir, una perspectiva que formula preguntas claras y no se queda con las respuestas que dicta el sentido común. Es un ejercicio de interpretación, a caballo entre la crítica y la historia literaria, que evalúa figuras representativas de la literatura nacional. Su lectura es fuente de conocimiento y, de paso, de risa burlesca.
Leonardo Monroy Zuluaga. 

jueves, 3 de mayo de 2012

LOS DOCE INFIERNOS


Doce infiernos, doce cuentos en que el escritor cartagenero Germán Espinosa va a desarrollar una serie de sometimientos del ser humano por parte del juego, de lo sexual,  la existencia misma y el  olvido,  su erudición, de la dominación española en esas tierras que tanto ha obsesionado sus obras y que puede establecerse en el último cuento.
En casa ha muerto un negro, es el cuento que abre el libro, y de esta manera el lector se encontrará con el sometimiento racial moderno: un trabajo mal recompensado, humillado; esclavizado por su tono de piel.  
Dicho relato se intensificará, cuando dos personas están en el cuadro sospechoso de la muerte de “el negro”. El asesinato incrementa las reflexiones sobre un modernismo fuera de estas tierras y lleno de sobras, sobre lo que uno de los personajes con un pensamiento humanístico va a reflexionar: “…las grandes corrientes mundiales llegan tardías y debilitadas a Latinoamérica, y aplicaba este axioma al antisemitismo” p. 19. Son esas corrientes que empezaron la esclavitud, son esas mismas que intentaron acabarla, pero en las tierras suramericanas se han instalado tanto en nuestra piel como  cáncer que nos consume en nuestros actos y palabras.
En Una esquela para María Victoria, las calles capitalinas de la nación colombiana son el escenario para que una mujer reciba varias cartas que logran hacer perder la tranquilidad de ella y de su esposo (Antonio), pero que poco a poco… “Un admirador se había animado por fin, al empleo de palabras francamente impúdicas” p. 29. Esas palabras serán una fragancia de nostalgia por parte de Antonio, ya que él se sumergirá en las cuentas bancarias de los gastos mensuales  mientras se sucumbe en la oscuridad del desespero por saber qué tanto lee ella.
La imagen de un personaje literario como lo es Lucifer, puede manifestarse, evidentemente por su nombre, en el cuento llamado El ángel caído, pero este título no desarrollará su historia acerca de este individuo, sino que rompe con el relato de Adán y Eva. Regina es una mujer de altos modales, de una crianza y gran fortuna esperando una salvación para su eternidad carnal. El Adán que espera es de tierras lejanas y durante el relato va haber un rompimiento con las estructuras clásicas, ya que al parecer es una pareja perfecta de “alta” clase. Pero al darse cuenta que este ángel que tanto espera la decepciona en la cama, él mismo decide marcharse ya que “Sollozaba de un modo absurdo y chocante, como si experimentase dolor y repugnancia de sí mismo”. P. 46. Y aunque lo intentaron muchas noches, el resultado fue el mismo.
La muerte y la ausencia en una familia que necesita recordar a sus muertos por medio de la infancia es lo que se desarrolla en el relato La alcoba, donde el recuerdo y, tal vez, el odio de la vida por seres que no nacieron, hagan perpetuar el fantasma de la memoria. De esta manera, la existencia misma cobra un matiz distinto y confuso para desarrollar la idea, ya que en la lectura existe una conversación constante sobre la explicación de la enfermedad de un nonato, y sus descendientes: “-Creyó que todos sus hijos nacerían mutilados. Yo traté de explicarle que se trataba de un accidente. Es posible que su madre hubiese tomado medicamentos contraindicados durante el embarazo”. P. 57. Dentro de este relato parecerá que los muertos se vengan de lo que no hicieron cuando uno de sus hijos tome la palabra y siembre la reflexión, porque “… su existencia asquea”. P. 58. Es la existencia misma del recuerdo que va a perturbar a los personajes por medio de explicaciones sobre posibles abortos.
Los artistas dejan un legado, no sólo en sus obras, sino que también, en sus discípulos, en sus alumnos. Dentro del relato Los suplicantes, un maestro de pintura va a estar presente por medio de otras bocas, de otras voces, y de una mujer caleña, que ha seguido los trazos de ese pintor con nuevas técnicas, y conflictos sociales, y que ella misma, por medio de las conversaciones con el hijo de ese  maestro va a darle consejos… “Para que veás que, cuando se asumen los riesgos de una vocación, hay que ir en confianza”. P. 74
De los bares rugen las cadenas intuitivas en las reflexiones humanas, del misterio en el  dios romano Baco, se desarrolla un símbolo de lujuria y promiscuidad. Andrés, un músico que frecuenta lechos nocturnos para su libertad, conocerá en el bar “El Partenón”,  una oferta muy distinta a sus expectativas. Pasar de un abismo hacía otro es una manifestación del Moira, del destino que le preparaba una sorpresa en su talento musical cuando en uno de esos bares, donde las nalgas gordas y ceñidas hacían una representación de la armonía carnal del mundo, su amigo Erik realiza una propuesta francamente deslumbradora, pero “Él sabía muy bien que en Colombia habíamos pasado sin transiciones de la mula al reactor, pero ir de una banda de café a la Orquesta Sinfónica se le antojaba el colmo de las acrobacias”. P. 108. Nuevamente Espinosa nos hace recordar el aceleramiento de nuestra cultura, o la Culturización cultural, como lo iba a llamar más adelante en un ensayo del libro la “Elipse de la codorniz”.
Este aceleramiento, para muchos críticos, fue o es, una amenaza que parece formar parte de una estigmatización de razas, de conocimientos y de culturas, donde el eurocentrismo propone, pero que muchas veces impone sus desarrollos para moldear el mundo y sus ideologías. Este relato concluirá con un espectador de la Orquesta, que ha estado meditabundo mediante la lectura, y  que al manifestar su armonía con la música y el mundo, nos hace recordar  el mito de Prometeo  “…cuando las águilas de estuco agitaron las alas y se precipitaron sobre sus entrañas”. P. 113.
Pero la literatura puede apartarse por mucho tiempo de esta dominación eurocentrista y de su cosmovisión del mundo, ya que las influencias escriturales desempeñarán una larga tradición en el mar. Odiseo, va a estar presente en el relato Fábula del pescador y la sirena, pero a diferencia del personaje de Homero,  que tapa sus oídos con cera y  se hace amarrar al mástil del barco, un pescador hará parte de este canto, quien al arrojarse al mar conocerá los placeres que el humano puede otorgar.
A diferencia de la Sirenas homéricas (canto de ellas que sirve para atraer los extraviados y dar un no retorno),  es que no habrá un tiempo para tal situación, es decir, que no habrá tiempo para recordarlo todo y tendrá un orgasmo con las  sirenas que puede asquearlo, ya que  no hay una proximidad para un fin, sino que es un constante abrumador por medio de sus recuerdos,  de su mortalidad, y el pescador, intentando explicarle a uno de sus compañeros su tardanza en el mar, reflexiona con ciertas palabras filosóficas: “… porque no es la intemporalidad o la condición mortal lo que diferencia a los hombres de los dioses, sino la capacidad de perdón”. P. 102. Tal parece que al sumergirse en el mar con las sirenas, a lo que le advirtieron a Odiseo, devolverá a los mortales con una sabiduría, y no, como un mal en los mares de Poseidón. De esta manera, Espinosa le dará un giro distinto a esos seres maravillosos para recrearlos en las aguas colombianas.
La Inquisición y el más antiguo artilugio que tiene la mujer  para manipular o someter al mismo ser, es lo que viene a desarrollarse en Fábula del juez Melesio y de la bella inocente. La sensualidad, el sexo, es un mecanismo que los dos personajes vienen a manifestar, pero cuando el juez posee su cuerpo por medio de las acusaciones de brujería, ella describe este acto de una forma desesperada: “Vio monstruos grotescos e infernales bailar alrededor de una hoguera. Descendió a los infiernos y se sintió picada por el chuzo perpetuo de Satán,”. P. 130.   Pero este juez cae en el artilugio de la doncella, cuando se de cuenta que la rebelión de la raza afroamericana ha empezado y los súbditos del juez están caídos y su propio infierno empezará: “Vio a Melesio correr hacia la puerta interior, para quedarse hecho piedra al descubrir el esqueleto acuchillado y aspirar el vaho de tinieblas que arrojaba la casa”. P.132.
La erudición de este gran escritor colombiano, se manifestará en el cuento El río de los salmones sagrados, sobrela vida de Marcel Proust. Dentro de este relato se mencionará, con insistencia, otro gran escritor como lo es Kafka, una de las influencias, según Espinoza, de Proust, ya que éste decide tener un ayuno de literatura: “No leería más libros fuera de este. Para ser franco, hacía dieciocho años que no lo hacía”. P. 87. La angustia empieza a roer al escritor del cuento (Proust),  cuando su deseo de publicar lo haga escribir (inconscientemente) su autobiografía, y empiece Espinosa a darnos a conocer algo de la vida de este gran escritor, como que iba a ser abogado, que tuvo complicaciones con las lecturas, ya que “Era la historia de un escritor desesperado porque no se publicaban su obras”. P. 89. Dentro de este relato,  Germán Espinosa será paródico con el estilo literario del francés, cuando menciona que “… Marcel Proust vino a estropearlo todo lamentablemente”. P. 90.
Paladines, relato de un erudito sometido a una clase de tortura por medio de los recuerdos, y que es un  preso político. En el relato el narrador se convierte en su conciencia: “No puedes, no debes perder de vista esa posibilidad. Vas a convertirte en un asesino y eso no es lo peor. Lo peor será que estos carceleros te matarán a palos…” P. 138. Dentro de esta conciencia se va a contar la vida del preso, dentro de la malicia natural de asesinar y obtener su libertad girará el relato.
En el  último relato, llamado Las fábricas vidriosas, se destaca la estructura de su escrito (muchas comas, pocos puntos) además de sus grandes conocimientos de la cultura universal (conocimiento del francés, de la historia, y otros), a tal punto que puede ser una de las primeras manifestaciones para su gran obra La tejedora de coronas, novela de la ilustración y la inquisición. En este cuento la espera de sus objetos pueden enloquecer al narrador, en la soledad de sus memorias intelectuales, “Porque la insatisfacción aspira a ser una salvaguarda de la muerte, no un camino hacia ella… porque ya no hay remedio”. P. 162.
Finalmente, el lector al acercarse a este círculo de doce cuentos, estará empeñado, quizá, en continuar la obra de este gran escritor, que le dio a Colombia y a la literatura tantas aperturas a formas narrativas, a temas históricos, y someternos al recuerdo de grandes autores universales de la literatura. Cada uno de nosotros puede estar identificado con las intermitencias de estos infiernos.

LUIS FERNANDO ABELLO
FICHA DEL LIBRO: ESPINOSA, Germán. Los doce infiernos. Instituto Colombiano de Cultura, Editorial Stella, 1976. 

lunes, 9 de abril de 2012

LA DEMENCIA DE JOB DE JOSÉ MARÍA VARGAS VILA


La demencia de Job es una  novela publicada en 1916 en la que Vargas Vila cuenta las angustias y desolaciones de un joven sacerdote enfermo de lepra, que él mismo conoció en la vida real. La historia nació, según Vargas Vila, una vez se acercó a un pueblo donde decían habitaba un leproso. La curiosidad era inmensa, al igual que su miedo. Sin embargo, esto no fue un obstáculo para conocerlo y con sus propios ojos comprobar aquella abominación que abrumaba a la comunidad:

Para ver, apareció una mano, y luego un rostro entre los barrotes de hierro de la reja; un rostro de hombre; era ÉL; renuncio a describirlo, porque restaría emoción a las páginas subsecuentes de mi libro; sonrió; hubo como un rayo de sol sobre aquella faz de horror (...) pág. 14

En esta obra Vargas Vila relata la vida de Lucas Poveda, un joven solitario y soñador que vivía con su madre aislado de todo contacto humano por razones que él desconocía, y al verse envuelto en su soledad intransigente, decide exculpar sus emociones y sentimientos  en la poesía y en la pintura. En ese momento, tenía las ilusiones y deseos de un joven normal y la esperanza habitaba en él con todo su esplendor.

Y así vivió, hasta conocer su pasado y la respuesta de su exilio con la humanidad; la lepra una enfermedad que recorría toda su genética y como una marca imborrable debía llevar toda la vida.  Lucas decide convertirse en sacerdote para alejarse de males futuros, sin imaginar que esto lo llevaría a revelarse a dios con toda pericia.

Es así como Vargas Vila toma este personaje, Lucas, y lo relaciona con los desconsuelos sufridos por el santo Job, caracterizado por su paciencia y amor a Dios en la biblia. A diferencia de Job, Lucas no era paciente; por el contrario, no había momento en que no pusiera en cuestionamiento las acciones de Dios con la humanidad: a diario leía libros de filosofía que discrepaban con los designios de Dios, pues se sentía frustrado y sin un rasgo de esperanza por culpa del castigo al que lo había sometido:

El Eterno, es el enemigo del hombre; El Eterno, es el mal del hombre; el Eterno, es el dolor del hombre (…) y, eso porque el Eterno, creó la iniquidad, el mal, y el dolor, y los puso en el corazón del hombre (…) pág. 77

Esta rebeldía de Lucas hacia Dios se debe  al dolor, pues en la historia, Lucas es un personaje cautivo por este sentimiento; el dolor físico, psicológico y por supuesto el del alma. Lucas reprocha incesantemente a dios el dolor que engendró en la humanidad, puesto que el humano es un ser de sufrimiento. “El dolor nos guía durante el camino y es la prueba de estar vivo o la aproximación acérrima de la muerte”.
Cuando se crea el arte, se crea desde el dolor, si no es así no es un arte vivo, sino artificial, “el arte que no es vivo; vivo y palpitante no es arte, sino ficción” (pág. 1)  y si Dios en realidad ama al hombre, jamás debió castigarlo con tal prueba. Porque aunque crear arte desde el dolor es la mejor catarsis, no deja de ser sufrimiento y como lo describe Vargas Vila desde su personaje de Lucas Poveda “el dolor es una aproximación a la muerte”.

De igual manera, otro motivo que se devela en Lucas es la soledad. Este fenómeno tan común en el personaje, es la leal convicción que Vargas Vila utiliza para asemejar a Lucas a un mártir; un mártir acompañado de un odio pertinaz pero a la vez magnífico, dado que lo hacía lúcido, rebelde ante los designios y las leyes de la iglesia:

“El temor de Dios es el principio de la sabiduría” dicen los libros; y del amor de Dios no hablan nada (…) ¿puede amarse aquel que no ama a sus criaturas? Y, ¿puede amar a sus criaturas aquel que les dio el dolor? Dios creó el dolor ¿dónde está entonces la bondad de Dios?; Dios no creó el dolor ¿dónde está entonces el poder de Dios? (…) P 101

En ese sentido Lucas sentía que lo atrapaba la soledad. Sin embargo, ya había vivido tanto tiempo solo que no la sentía, por el contrario, la soledad es un aliciente para reflexionar sobre la vida y sobre uno mismo. Así lo demuestra Vargas Vila por medio de Lucas. Nosotros podemos sentir la soledad, sabemos que está allí, pero nunca la aceptamos, sólo dejamos que nos acompañe como pura resignación.

De esta manera, en la obra se percibe un aire de desolación, la sublimación y la obscuridad se reflejan con el transcurrir de la lectura, no hay pasajes donde no se encuentren rasgos de angustia y desesperanza aun en los momentos de amor. La relación de Lucas con la joven Marta  no es más que un romance tortuoso y sin rumbo o tal vez sí: la fatalidad.

Desde esta perspectiva, Vargas Vila logra gravar el personaje en cada episodio, sus ataques de locura y desespero son las características más importantes de Lucas, pues hace alusión al título de la obra; la demencia, aquella situación en que el hombre llega al límite de su pasión, y de cierta manera explota ante las adversidades y la conmoción que producen sus estados de ánimo.

Lo ilógico, es el riñón de lo divino; el verdadero nombre de la divinidad es la fatalidad; hay que gemir bajo ella; hay que cantar su gloria como Jonás en el fondo de la ballena, y los niños en el horno de babilonia; ¿no ves cómo en cada una de mis ulceras se refleja la bondad de Dios? (…)P 102

En términos generales, la obra llega al lector y en cada espacio enseña la actitud de Lucas. El recorrido que hace desde su pasado como joven sano y soñador hasta sacerdote leproso, define que Lucas es un personaje marcado por la desgracia, lo que va ligado al dolor y el sufrimiento. Pero también está rodeado del arte y la sabiduría. Es la más ferviente combinación que puede en los estados alterados llevar a la locura, la desesperación y  la demencia.

Paul Riaño Segura

Jose Maria Vargas Vila. La demencia de Job. Ediciones completas, 1916