domingo, 27 de marzo de 2011

LA OTREDAD DE UN SÍMBOLO NACIONAL EN “CÓNDORES NO ENTIERRAN TODOS LOS DÍAS” DE GUSTAVO ÁLVAREZ GARDEAZABAL

Al abordar la obra de Gustavo Álvarez Gardeazabal inicié la lectura con los prejuicios propios que todo lector tiene, ya sea de la obra o del autor, dado que si nos detenemos en la fecha de su publicación (1972) en la cual se escribieron por cantidades historias relacionadas con la violencia bipartidista se puede intuir la temática a tratar, más si esta es escrita a manera de crónica.

Pues bien, la historia se lleva a cabo en la ciudad de Tuluá donde un vendedor de quesos y apasionado seguidor del partido conservador es el símbolo de la nefasta historia que en esta oportunidad nos convoca. León María Lozano  quien toma el seudónimo de “el cóndor” organiza un movimiento violento (al principio, clandestino) para asegurar la vocación conservadora de sus habitantes.

Ya a esta altura me he saltado más de cincuenta páginas, por ello volveré al principio: León María Lozano,  que aparte de atender su negocio de quesos estaba al tanto de los temas de la iglesia y del partido conservador,compartía su vida con Agripina, una mujer estéril, lo cual no indica que León María Lozano jamás llegaría a ser padre; es más, él, que en apariencia seguía los preceptos de la iglesia, sostenía una relación clandestina con María Luisa de la Espada con la queconcibió dos hijas.

Después de la muerte de María Luisa las cosas en la vida de León cambiaron, entonces “desesperado de estar cuidando a control remoto las dos hijas que le dejó María Luisa de la Espada, apareció con ellas una tarde que Agripina estaba haciéndose los emplastos de romero para ver si podía ser fértil alguna vez en la vida” (pág.22). Agripina aceptó sin mediar palabras la presencia de las dos pequeñas en casa.

La personalidad de León María Lozano es la prototípica figura del hombre sectario, de recia personalidad y agudos sentidos, quien le sonríe de frente a la muerte sin pestañear una sola vez. Como era de esperarse, cuidaba a sus hijas con celo y alejaba a los que las pretendían, como se ve en la siguiente cita, en la que se narra las estrategias que el cóndor usaba para espantar pretendientes: “él trepó por una escalera desde el patio llevando en sus manos un platonado de agua revuelta con amoníaco, esencia de trementina, orines y jabón de espuma, ingredientes que había encontrado tanteando en la oscuridad y vaciando bacinillas” (pág. 34).

De esta manera el lector se va creando una idea del “cóndor” Lozano quién sólo se veía vulnerado por culpa del asma que padecía desde la infancia y que en cada crisis le hacía escuchar el galope infernal del jinete apocalíptico. Se podría decir que en su pecho se escuchaba desde temprana edad el lamento del incalculable número de víctimas producto de su conservadurismo radical el cual ni el agua de azúcar que bebía para calmar las crisis asmáticas pudo contrarrestar.

El poder que llegó a tener este hombre fue dándosele paulatinamente; en la historia aparece un personaje quien con “carruajes poéticos” exaltó la entrega de León a la causa pastoral y política a favor del partido conservador. El doctor Ramírez “defensor del orden establecido, de la verdad impuesta y de la tradición” (pàg.51)  le dio la confianza traducida en cajas de armamento para iniciar con la masacre de ciudadanos no partidarios de sus ideas políticas.

Desde ese momento es cuando se inicia la otredad de los actos de este hombre y su séquito de asesinos, tiñendo de sangre las aguas del rio Cauca como se ve en la siguiente cita “(…) los hallaron tres días después, Cauca abajo con sus bandolines amarrados de la nuca y sin otra compañía que un gallinazo solitario en sus estómagos” (pág.90). Aunque los actos llevaran consigo un signo macabro, como lo son las castraciones y desmembramiento de los cuerpos, cabe mencionar que la sutileza con que procedían estos sujetos era casi imperceptible como la sigilosa cacería de un felino en la oscuridad.

Las pequeñas cartas con letra gótica que se creaban como forma de amedrentamiento, en su sitio de encuentro con los “pájaros” -el “happy bar”- era un juego para ellos, dado que la mejor letra que estampaban era la los coágulos de sangre sobre los cuerpos masacrados a bala o machete, esparcidos como la semilla sobre los campos fértiles de la cabecera urbana y rural de Tuluá, los cuales germinaban cada amanecer trayendo desolación y zozobra.

¡León María Lozano ha muerto!, fue el grito que se oyó en toda la ciudad. Es un cambio brusco pero necesario para no revelar más datos al lector de esta reseña, quien al momento de tomar esta obra descubrirá si falleció envenenado por el queso que llego a su casa como regalo, o a causa de unas puñaladas cuando ya se encontraba en el exilio leyendo el periódico. Como sea, el lector podrá recorrer línea por línea esta obra y reconocer que en Colombia “cóndores no entierran todos los días”.   

Ficha del libro: Álvarez Gardeazabal Gustavo. Cóndores no entierran todos los días. Pijao editores- casa de libros 2008.

Por: Jhon Edwin Trujillo 

jueves, 24 de marzo de 2011

UN NEGRO OSCURO PROFUNDO PARA “SANGRE ROJA ESCARLATA” DE CARLOS A. GAMBOA

Robert Graves sostiene que Eros, salido del huevo del mundo, fue el primero de los dioses, pues sin él ninguno de los demás habría podido nacer, además  que la lucha eterna con Thanatos es esencial para el equilibrio del mundo. Pues bien, en el relato de Carlos Gamboa, en su libro Sueño Imperfecto  se evidencia una coexistencia dual  entre estos dioses.

El libro de este autor ibaguereño trae 23 cuentos, entre los que se da lugar al  cuento corto.  La diversidad de temáticas son un pasadizo a los anaqueles de nuestra biblioteca,  pero al fin de cuentas, lo que pretende Sueño Imperfecto es reflexionar sobre laberintos  oscuros del humano, cuya realidad hace mirar a distancia.

El cuento empieza con un dogmático católico, que a pesar de sus llagas, sus molestias y  cuidados,  no puede abandonar la lectura religiosa, las verdades que determinan su oficio en el mundo. Sabe que su partida hacia el paraíso puede estar cerca y “entonces escribió una nota a Jhon Eskiner dándole las respectivas instrucciones: Encárgate del oficio” (pág. 37). Ya no puede ejercer la actividad religiosa debido a  su enfermedad.

A partir de ese momento  se cambia el narrador. Lo asume una joven para describir la aparición de este dogmático, su pensamiento y su fisonomía; “sus brazos rozando el suelo y sus pies semejantes a dos árboles gemelos en edad” (pág. 38). A pesar del surrealismo en las imágenes, y tal vez por ello, incursiona en la mujer una intriga por obtener un medio de constatación a sus deseos.

El erotismo es siempre  atacado por las instituciones religiosas, ya que  Eros es la mejor manera de tener un desdoblamiento, una locura con el arte para tener una libertad de espíritu para consigo y con la humanidad. En este sentido, el dogmático traiciona sus principios  y se aproxima a   investigaciones carnales y lascivas. La mujer así lo constata: “… la última vez que se atrevió a llegar hasta mi casa fue para indagar sobre el comportamiento de las prostitutas” (pág. 38).

El relato se establece en el centro de los discursos católicos y  para la joven  el lenguaje utilizado por él, revela la  unión humano-divina;  palabra y  lengua de Dios por medio del hombre. Pero, según la mujer, el discurso tiene un objetivo esencial: la persuasión y la desfloración. “Aquel día –dice ella- tuve el presentimiento de estar frente a un dios personificado” (pág. 38). Ya el relato va tomando su color escarlata, su intensidad, y ella, después de un toque en la frente realizado por el salvador, pierde el conocimiento y termina despierta en un cuarto del recinto.

La narración empieza a tornarse carnal-erótica y viene a reinventar los valores humanos, para que aquella mujer se convierta en el cordero sacrificado de Dios, y se consagre por medio de su palabra enviada. Como dice la mujer; “Al concluir el sermón sus manos se abrieron paso entre mis piernas y con gran velocidad mis senos quedaron flotando en el aire con olor a incienso”. (pág. 40). El discurso va obteniendo su finalidad y  el olor incestuoso, ese olor de lujuria, el carácter diverso de la condición humana, la mudanza de su interminable placer que hace multiplicar nuestras sensaciones y despertar las desconocidas.

Lo oculto hace referencia, en el personaje, a algo maléfico, satanizado por las pasiones humanas en  su doctrina sacerdotal.  Se trataría de una moral oscura que el dogmático transforma en diversión carnal.

Finalmente Sangre roja escarlata captura un simbolismo de pureza (la virginidad de la joven) y la manta del dogmático como la autoridad, la salvación, donde la imagen es un encuentro azaroso que lo revela y nos saca, al final, de nosotros mismos: “Calcé mis sandalias y al incorporarme del sofá, vi un hilillo de sangre…”(Pág.40).  


LUIS FERNANDO ABELLO

Ficha del libro: GAMBOA BOBADILLA Carlos Arturo “Sueño Imperfecto”, Universidad del Tolima, Colombia, 2009

sábado, 26 de febrero de 2011

DE MÚSICA LIGERA

Antecedentes.

En uno de sus artículos titulado “Los contestatarios del poder” el crítico uruguayo Ángel Rama afirmaba que luego de 1964 aparece en la narrativa latinoamericana una actitud diferente, de jóvenes escritores intentando acercarse a la realidad que los circundaba y desligándose de la abrasiva expresión de los hitos del llamado boom latinoamericano. Para estos nuevos escritores es fuente de creación “la vida social del grupo afín, tanto del cenáculo como el barrio, el patio de la Preparatoria o el café de la esquina, el suburbio acechante o el ghetto de la minoría étnica las zonas marginales de todo poder cuya visión del mundo, lengua y formas de comportamiento han manejado con soltura, sin necesidad de explicarlas o defenderlas, volviéndolas protagónicas de la literatura” (489).

El escritor expresa en su obra, más las experiencias personales que las librescas y, sin someter su ejercicio a la simple exposición autobiográfica, explora renglones de su cotidianidad. Se introducen, entonces, nuevos discursos en las piezas literarias: el cine y la música popular –especialmente el rock-, los medios masivos de comunicación, los conflictos de la juventud. También las estrategias narrativas y el lenguaje cambian: la primera persona se enarbola como sinónimo del realismo cotidiano –ya no socialista, ni crítico, ni pedagógico - y la prosa se salpica de coloquialismos de diferente orden. Bajo esta renovación aparecen Andrés Caicedo y Umberto Valverde en Colombia, así como también una obra como Aire de Tango de Manuel Mejía Vallejo.

Esta narrativa estableció un contrapeso a la tendencia literaria culta del país que va, en prosa, desde Jorge Isaacs hasta el mismo Germán Espinosa, pasando por Eduardo Zalamea y los escritores de la literatura de la violencia. Es una tendencia que había roto, de alguna manera, Tomás Carrasquilla, con la inclusión de modismos propios de la cultura paisa, aunque en Caicedo y Valverde el modismo no recuerda la vida campesina sino el individuo de ciudad.

Estos escritores de la ciudad contemporánea, de la juventud y sus nuevos discursos, de las marginalidades urbanas, corren el riesgo de ser muy locales, de hablar sobre el barrio y quedar atrapados en sus calles, de referirse al terruño –llámese el río Pance o en general la ciudad de Cali- y no salir nunca de él. La polémica alrededor de ellos se ha centrado, especialmente, en su posible provincianismo.

Sobre la calidad literaria de Andrés Caicedo aun percibo reservas en el ámbito de la crítica nacional, pese a los trabajos universitarios y los libros que se dedican a la vida y obra del caleño. Umberto Valverde (con Bomba Camará) y Manuel Giraldo (Conciertos del desconcierto), continuadores de esta actitud irreverente son poco explorados hoy en día. Sin embargo, estos tres últimos son los puntales en Colombia de una narrativa que Rama denominó contestataria y en cuya línea ubico el libro de cuentos De música ligera de Octavio Escobar Giraldo.

Ensayar la misma vía: el riesgo.

Afirma Ricardo Cano Gaviria: “Una de las empresas más delicadas que ha de afrontar un autor que opte por reincidir en los temas apocalípticos o subculturales después de Caicedo, es la de adquirir una mayor perspectiva, que lo salve del provincianismo en el que, habiendo remontado apenas vuelo, volvió a precipitarse el autor de Que viva la música” (396). No me detendré en la dura evaluación de la narrativa de Andrés Caicedo y he retomado la cita para expresar mis coincidencias sobre el reto de quienes continúan en la tarea de escribir sobre las culturas urbanas, desde su propio lenguaje.

Un primer peso cae sobre sus espaldas: los narradores de las culturas urbanas hoy ya no son contestatarios. Esta descualificación los priva del tinte de originalidad que podrían tener sus antecesores y los invita a buscar salidas diversas, porque un lector contemporáneo más o menos enterado no soporta copias desteñidas. Es casi un lugar común que las malas segundas partes son agotadoras y tristes.

Hay un segundo reto al que se enfrentan: ser contestatarios de quienes antes se consideraron contestatarios. Huir de la influencia de Caicedo y de Valverde a pesar de que, de alguna manera, vuelven sobre los mismos temas –la cotidianidad del individuo de ciudad, la música popular, el cine, las drogas, las bebidas, la actitud irreverente-, con los mismos lenguajes. ¿Alguien podrá deshacerse de las influencias y conservar la esencia del espíritu de las “subculturas”?

En De música ligera de Octavio Escobar Giraldo hay un intento de recuperar y romper al mismo tiempo con la tradición de contestatarios. El libro está conformado por nueve cuentos, cuyos títulos recurren a la música –rock, pero también romántica y hasta oficial-, la televisión y el cine. Nada nuevo por ahora pero en casi todos ellos se expresa la intención de lograr la unidad de efecto a la que se refería Edgar Allan Poe. Dicha unidad implica que el escritor prevee la manera como su texto perturbará el espíritu del lector.

No quisiera absolutizar la lectura de estos cuentos pero en “De música ligera” –la narración que le da título al libro- experimento la soledad de un hombre casado en una época de amores fugaces, en “Nino Bravo que estás en los cielos”, una suerte de pena por la pérdida de una amante, mientras que en “El año en que Gun’s and Roses dominaba las listas” hay mucho de desazón. Me detendré ahí para no agotar mi lista.

La unidad de efecto parece ser lo que deslinda algunos cuentos de De música ligera de sus antecesores es decir, de Caicedo y Valverde, aunque sobre esta hipótesis de lectura también puede haber interrogantes ¿No hay acaso unidad de efecto en “Maternidad” o en las mini ficciones “Un hombre fresco” “pensamiento luctuoso” y “El hombre y el cine”.

Supondré que en esto radica la diferencia del libro de Escobar Giraldo porque lo demás es conocido: giros lingüísticos muy criollos (madrazos, sobrenombres), figuras de la televisión nacional –como Pacheco- que dudo mucho que conozcan en otro país, películas de diferentes épocas, relatos en primera persona, costumbres de las ciudades, vicios del colombiano. Es una prosa entretenida aunque un poco sometida al manido ritual contestatario. Por lo demás, cuando en el libro se trata de experimentar con otros lenguajes como en “Nunca es triste la verdad”, la tensión decae y se hace un poco sosa.

El libro De música ligera es una apuesta peligrosa en tanto puede caer en los lugares comunes del pasado y convoca los discursos de la cultura popular desde un lenguaje tan desenfadado como el que sugirió Andrés Caicedo. Acaso este libro ensaya la misma vía de otros del pasado.

Referencias.

Rama, Ángel. “Los contestatarios del poder” En Panoramas: la novela en América Latina. Bogotá: Procultura, 1982.

Cano Gaviria, Ricardo. “La novela colombiana después de García Márquez” En A.A.V.V. Manual de Literatura Colombiana. Bogotá: Planeta Editorial, 1988, Tomo II.

Leonardo Monroy Zuluaga

sábado, 19 de febrero de 2011

ORACIÓN A LA VIRGEN DE LOS SICARIOS

Desde semióticas y retóricas particulares tanto la literatura como el cine se complementan en una simbiosis ideológico-discursiva. Es así como me acercaré a una lectura híbrida de la obra, La Virgen de los Sicarios, del escritor colombiano Fernando Vallejo, así como a la película adaptada a la pantalla grande bajo la batuta del director Barbet Schroeder. Echaremos unos vistazos a través de la cerradura no sin ojo paranoico-voyerista.

En cuanto a la novela:

Algunos de los recursos estilísticos de la novela remiten a una poética de la ensoñación. Al narrar la vida del mismo autor, se logra una desgarradora verosimilitud. El escritor, tras un largo viaje por mil mundos, regresa a su natal Medellín sólo para encontrar un infierno cotidiano. Su enorme congoja se hace explícita con base en la anamnesis o escritura con base en los recuerdos, especialmente los de la niñez. Así, es posible plantear una poética de la infancia. Esa edad primera, pretexto para hablar desde una primera persona, tal y como inicia la novela con una imagen de un globo rojo (símbolo del Sagrado Corazón de Jesús) y la nostalgia de los pasajes bucólicos de la Hacienda donde el niño Fernando Vallejo jugaba con su abuelo.

Mucho de diatriba, soliloquio y monólogo se encierra en la voz narrativa. El narrador utiliza metáforas construidas con un lenguaje castizo, vulgar y cotidiano. No por ello es un registro de la oralidad del habitante antioqueño. Sin embargo, la hipérbole de vulgarismos, por ejemplo, el abuso de palabras como “gonorrea”, o “pirobo” son una lectura mordaz y crítica de la pobreza de ideas y la virulencia del espíritu de la cultura contemporánea.

También es cautivante la fuerza intimista y erótica de los personajes. Son seres de carne y hueso. Tan autobiográfico es el relato, que muchas veces se siente el tono confesional de las almas o héroes románticos. Aunque, como se recuerda desde el inicio de la trama, en un país como Colombia (en el resto del mundo es igual, dice, Vallejo, que ha estado en todas partes, omnisciente como un pequeño dios): “la vida no vale nada”.

Esta visión escéptica y desencantada del mundo se arraiga tras el diluvio de sangre que se desenvuelve página tras página. Fácilmente se puede caer en la tonalidad amarillenta de la crónica roja. Sin embargo, se logra lo contrario, en la medida en que el discurso es polifónico; hilvana retazos de canciones populares, teorías de Lingüística (Dice Vallejo: “Soy el último gramático de Colombia”), tesis o teorías científicas,(Vallejo el cineasta, Vallejo el biólogo que desmiente tanto a Charles Darwin como a Dios, rabioso dice: “Dios no existe y si existe, es una gonorrea” o “ Hace tiempo dejé de creer en cuentos y le di una patada a ese viejo guevón”).

El discurso venenoso e iconoclasta de Vallejo se casa con la noción del nihilismo. Sabemos que éste es la negación de todos los valores. Y al confrontarlo con la realidad social del país consagrado al “Sagrado Corazón de Jesús”, el conflicto del personaje se desborda inútilmente en feroz ataque al orden de las cosas, sin lograr calmar la desesperanza que lo consume todo como incendio insaciable, como un fuego secreto. De hecho, el fuego (Prieto Veretta 9 mm: infalible) y la sangre (Sagrado o sangrante corazón) son símbolos reiterados en la novela. El uso de imágenes metafóricas hace que la narración no caiga en el mero panfleto o la sátira política.

Tras leer las breves páginas de esta novela, queda la sensación de lo onírico. Es una ventana al infierno metropolitano llamado “Metrallo” o “Medallo” donde los hijos de la muerte, esos niños que le rezan a la virgen, bendicen las balas y toman aguardiente después de haber vomitado plomo.

Sin embargo, hay varios inconvenientes con esta obra. Aunque hace parte del canon formal, y es bien vista por la crítica literaria, su adquisición es costosa, teniendo en cuenta que se agrega un capital simbólico, debido a cierto sesgo o halito pestífero que surge cuando los textos nos muestran lo más crudo de la condición humana. Sin lugar a dudas, un libro como La Virgen de Los Sicarios, tendrá pocos lectores, en la medida en que la moral católica se interpone entre la novela y el receptor apacible o bucólico.

En cuanto a la película:

Hay quienes ven desde un punto de vista místico o religioso, el hecho de ir a cine como algo asimilable al asistir a misa. Recordemos la penumbra, ese elemento atmosférico que tanto sugestiona la imaginación, tan hipnótica y sutilmente. En ese espectro, asistimos a la revelación de imágenes en movimiento. Voyeristas paranoicos, descreemos de aquella realidad escrita. Quizá de allí venga el querer prestar nuestros ojos a la cámara, ser cómplices de la trampa del cine.

El hecho de viajar en un pacto tácito hace de la versión fílmica de La Virgen de los Sicarios, una rareza de la historia del cine colombiano. El director es un iraní. El guionista es el mismo Vallejo. Dos lenguajes diversos con un buen manejo, tanto técnico como discursivo e ideológico. Las cámaras digitales de alta definición demuestran una estética impecable en cuanto al manejo de la fotografía.

Asimismo, el manejo de una banda sonora acorde al mundo interior de los personajes logra construir el carácter y la subjetividad sensible de aquellos. Así, Vallejo degustará con cierto dejo eurocéntrico, exquisitas obras de música clásica. Su “niño”, mancebo, amante o concubino, preferirá el heavy-metal, tan destructivo y autodestructivo como un ángel de muerte, metáfora de uso común en la literatura cristiana. El joven Punk, con ese pancaótico ritmo dando latigazos al redoblante, al Charles, los Tones y los otros tres platillos solares. Todos los taxistas preferirán los vallenatos del “Cacique de la Junta”.

Diversos son los espacios en que se desarrollan las escenas. En algunos momentos, el montaje se trastoca en algo no secuencial, dado por imágenes oníricas. Llama la atención una imagen. Se trata de un viaje recurrente, que sólo en la última parte de la cinta se hace remarcado. Es una elipsis con que se anticipa la temida visita de Vallejo a una iglesia en particular, la única a la que no ha entrado en su vida, en la vigilia, pues de joven creía que si lo hacía moriría en el acto, fulminado por un rayo inexistente. Sin embargo, cuando finalmente lo hace, presiente esa visión, cree ya haber estado allí -quizá, piensa él- ya estuvo allí en otra vida, y ahora aquí esté muerto, quizá soñando o siendo soñado por un dios malvado.

Tal escepticismo burlesco, satírico y bufón, es la dosis de nihilismo que muestra en el fondo la película. Bastante aplaudida por algunos, muy vomitada por otros tantos que, por ejemplo, no soportarán escenas donde Vallejo se embelesa con al menos dos muchachitos, niños que encarnan la total aniquilación del valor de la vida. Tampoco podrán estos ojos cómplices o hipócritas, con el fardo de los occisos. Aunque en este caso, la hipérbole no se apodera del discurso, y, como ya resultan pobres los adjetivos, el director opta por moderar la tasa de criminalidad, dando espacio a soñar esas muertes, a imaginarlas o al menos intuirlas, razonablemente, acaso a repudiar esas muertes violentas.

Dos o tres símbolos de gran carga se apoderan de mi recuerdo. Uno, el perro agonizante en el caño de aguas negras, escena cruda que manifiesta la tendencia autodestructiva del ser; la otra, la transmutación maravillosa del agua-lluvia que desciende desde las comunas marginales de Medellín (quizá la Trece), las cuales, lentamente, se convierten en agua-sangre, bello ejemplar de las metáforas auditivas y visuales.

Es agradable viajar con la cámara. Especialmente en las bóvedas mortuorias de cierta Iglesia, la mencionada atrás. Allí se ve, quizá a Vallejo, como volando en un sueño, un acercamiento al nombre escrito sobre la losa fría que sella sus restos de podredumbre. En general, las iglesias lucen yertas y sórdidas, son ambulacros para fumar bazuco, bocanadas verdes de marihuana, quemar incienso y esperar en vano que Dios salga de su infinito silencio inerte... o como dice Vallejo: “a escuchar el silencio de Dios”.

Esto es un tópico remarcado. Vallejo, el personaje de la película, se esfuerza en maldecir la suerte de esos pobres, a quienes ve como una plaga raticida. Odia esa pestilente ralea del mundo malogrado; al menos una errata cósmica. O cómica, porque en el fondo de esa amargura que muestra la película, hallaremos un sentido sátiro. Recordemos que esa ola de violencia ha sido tema de algunas de las películas del mismo Fernando Vallejo, pues son un reflejo amargo de la realidad social no sólo de este país sino de la condición humana misma.

En cuanto a la novela y la película:

Vemos pues que, el encuentro entre los textos narrativos y el lenguaje cinematográfico es mucho más que complejo. De hecho, Yuri Lotman, al hablar de los problemas de llevar la obra literaria al cine, llama la atención sobre las intraducibles asociaciones de la vida real, elementos semióticos propios del contexto cultural e histórico. De ahí el relativo fracaso de esta empresa de adaptaciones literarias al cine. No obstante, La Virgen de los Sicarios es una excepción en la medida en que el guión es impecable y el tema universal.

Por esto, aceptamos las sugerencias del profesor Fabio Jurado Valencia, en su obra Palimpsestos, en especial cuando propone la creación de didácticas de la literatura basadas en la escritura de guiones, adaptaciones de cuentos y poemas en cortos metrajes así como el análisis de estas obras llevadas al cine, en especial de la literatura colombiana, por ejemplo de novelas como Crónica de una Muerte Anunciada, de (Gabriel García Márquez); Satanás, (de Mario Mendoza), La Mansión de Araucaíma (de Álvaro Mutis) o La Virgen de los Sicarios del ya mencionado Fernando Vallejo, entre muchas otras.

POR:

VÍCTOR HUGO OSORIO CÉSPEDES