martes, 27 de enero de 2009

“FRYDA” DE YOLANDA REYES

En algunas ocasiones, ciertos lectores han tratado de equiparar la vida de los escritores y escritoras con las historias o personajes de sus obras. Aunque existen casos que corroboran lo anterior, hay otros que ponen de manifiesto un gran abismo entre los artistas y sus creaciones. Cuando esto ultimo se presenta, el papel del escritor adquiere mayor valía, en tanto se desprende de su subjetividad para asumir otra. En este sentido, es pertinente destacar el aporte de Yolanda Reyes a la narrativa infantil colombiana con el cuento “Fryda”, contenido en su libro El terror de sexto B y otras historias de colegio, puesto que en este se constituye en la portavoz de una sensibilidad poco explorada y casi anulada: la sensibilidad infantil.

Pese a que el tema al cual alude “Fryda” ha sido objeto de un sinnúmero de obras literarias, Yolanda Reyes valida su tratamiento por medio de la pertinencia que le otorga, sobre todo cuando lo recrea en una esfera infantil. Este manejo le permite a la escritora construir un mundo verosímil, ajustado a la realidad de un niño; formular una historia propia de una temprana edad en que la explosión de sentimientos incursiona en la vida, y tejer un imaginario acerca del primer amor.

Junto al tratamiento dado al tema, Yolanda Reyes enriquece su narración, asumiendo una mirada desde una perspectiva infantil. Para ello, estructura su relato a partir de la voz de un niño, quien cuenta, tomando como pretexto la monotonía del primer día de clase, una vivencia muy especial: conoció a una niña sueca con la que compartió momentos inolvidables, le enseñó a besar y a sentir el amor. De esta forma, la escritora se introduce –así sea por un momento– en los zapatos de cualquier infante para recrearlos a través de la voz de un personaje, sin llegar someterlos a las rígidas cavilaciones del pensamiento abstracto, es decir, mira el mundo desde los ojos de un niño para poder sentir la maravilla del primer beso, del primer amor.

Como consecuencia de la interiorización del mundo infantil, Yolanda Reyes legitima un personaje “autónomo”. De ahí que le confiera una cualidad inherente a esta condición: la capacidad de creer en la trascendencia del primer amor, de su eterna duración, de su inmutabilidad. Muestra de esto se expresa en el momento en que el personaje principal del relato y Fryda compran unos anillos de carey, con los cuales sellan un trato afirmando: “no quitarnos los anillos hasta el día que volvamos a encontrarnos”. Así la escritora configura un personaje basado en los pensamientos y expectativas de un chiquillo, en sus sentimientos y hasta pesares.

Los pocos elementos que hasta el momento han tejido la urdimbre de “Fryda”, permiten ubicar a Yolanda Reyes como una vocera del universo infantil; mas que de un grupo o clase social –como en alguna ocasión lo afirmó Lucien Goldmann– es la portavoz de las maravillas que se crean y recrean en las tempranas edades de la existencia humana. Es el vehículo mediante el cual el pensamiento de niños y niñas no se extingue con el paso del tiempo.

Ahora, solo basta hacer un acercamiento a “Fryda” para revivir la intensidad de la primera caricia, del primer beso, del primer amor; en últimas, sentir la satisfacción de haber sido un pequeño.

Gabriel Bermúdez

Ficha del libro: Reyes, Yolanda. “Fryda”. En El terror de sexto B y otras historias de colegio. Bogotá: Editorial Santillana, 1995.

sábado, 24 de enero de 2009

JARAMILLO ZULUAGA: CRÍTICO LITERARIO

El pasado 10 de enero el periódico El espectador dedicó varias de sus columnas a la muerte del profesor colombiano J. Eduardo Jaramillo Zuluaga, quien al tanto de rescatar a su perro de un frío arroyo, perdió la vida en Estados Unidos el 23 de Diciembre de 2007.

En un país en el que los personajes principales son los de la farándula o la política, es algo insólito que se realice este cubrimiento de la muerte de un profesor de literatura: acaso su título (Ph.D. en Literatura), su presencia en el extranjero (Presidente del Departamento de Lenguas en la Universidad de Denison, Ohio), su colaboración con el boletín bibliográfico de la Biblioteca del Banco de la República y la Asociación de Colombianistas, y - hay que decirlo - una que otra buena relación con algunos representantes de los círculos más influyentes en el país – política y culturalmente hablando – le han valido ese despliegue.

Aparte de la docencia, Eduardo Jaramillo fue un crítico literario que extrañamente, y teniendo en cuenta el lugar donde trabajaba no se dejó contaminar por la vorágine de los estudios culturales norteamericanos. Su labor estuvo centrada estrictamente en la obra literaria, y sus métodos provenían – aunque no se especificaba en sus textos – de una discusión muy fina con los avances en las teorías de abordaje a la literatura. Fue, como él mismo lo afirma, un “lector académico”, enterado de las corrientes más recientes en el trabajo crítico, que devoraba con sistematicidad el corpus de obras al que se dedicó, la mayoría de ellas colombianas.

Esta dedicación se expresa en varios frentes. Por un lado se encuentran las reseñas críticas en las que con franqueza develaba vicios y virtudes de textos diversos: por su reflexión pasan algunas obras de escritores como Boris Salazar, Evelio José Rosero Diago, Andrés Hoyos, Ricardo Cano Gaviria, Jorge Eliécer Pardo, Isaías Peña Gutiérrez. Sustentadas en argumentos académicos – siempre rebatibles en ese nivel, el académico – las reseñas de Jaramillo Zuluaga van creciendo en intensidad en la medida en que con decoro y precisión desentraña las carencias de los escritores del país.

Con una cierta independencia que le confería su estabilidad laboral y su conocimiento, no se entregaba a elogios gratuitos para congraciarse con los autores; tal vez la única concesión que hizo a su agudeza se halle cuando aborda Mambrú de R.H Moreno Durán y Perder es cuestión de método de Santiago Gamboa, dos obras que trata de recuperar del olvido con razones que parecen venir más del corazón que de la cabeza. Pero más allá de esos casos, con su altura académica Eduardo Jaramillo lleva al lector a olvidarse de que el ejercicio de la crítica es una cuestión de odios o simpatías personales y lo invita a adentrarse en sus polémicas desde argumentos derivados de la razón científica y no desde el sentido común, ese caldo de cultivo de algunos escritores, docentes y críticos. Para cualquiera que sea aspirante a crítico literario esta es una primera lección.

Una segunda lección aparece explícitamente en el artículo “arqueología de la crítica” en donde afirma que algunos de los críticos literarios – y otros que no lo son, pero se imponen esa tarea - “hacen una crítica testimonial, más preocupada por el “yo vi” o el “yo sentí” que por el “yo leí”. La lección implica poner de lado una suerte de narcisismo en el que el crítico termina siendo más importante que las lecturas que realiza. Haber compartido un café o unos tragos con un escritor de reconocimiento mundial y comentar la experiencia, haber presenciado un encuentro entre figuras máximas de las letras y plasmar las sensaciones producidas, decir los temores o emociones que se transpiraron en una entrevista, ocupa un renglón mas elevado que la lectura de la propuesta estética de una obra: el crítico – no sus planteamientos – se convierte en el protagonista. Este tipo de crítica testimonial, deriva en ocasiones, y de acuerdo con Jaramillo Zuluaga, en una crítica aristocrática que “declara descaradamente “yo soy exquisito ¿verdad?”

La preocupación de Jaramillo Zuluaga no solo se centró en el ejercicio crítico. Tres de sus más importantes textos “la novela colombiana 1988-1998: saga del lector”, “El deseo y el decoro” y “alta tra(d)ición de la narrativa colombiana de los ochenta” son intentos por realizar una historia de la literatura colombiana que no se desgastara en listas de autores, ni en el formato escolar del diccionario de escritores, obras y fechas. Planteó igualmente la posibilidad de realizar una historia de la lectura que convocara las diferentes formas en las que la obra de Silva ha sido vista desde la crítica en diferentes periodos.

No publicó mucho, tal vez porque temía caer en los que él mismo señaló irónicamente sobre Manuel Arango, esto es, “ser un crítico literario y tener éxito editorial”, con estrategias como presentar a las editoriales múltiples textos sobre escritores reconocidos, maquillar las notas de clase hasta convertirlas en libro, copiar artículos ya publicados y presentarlos en otro texto. Este distanciamiento de la sobreproducción inocua se plasma en Eduardo Jaramillo en una obra crítica novedosa, que no desgasta líneas machacando en lo que ya otros, o uno mismo ha dicho.

En uno de sus artículos, Eduardo Jaramillo afirma que hay un “temor de que la indagación exhaustiva reduzca el placer que derivamos de la obra literaria”. Su trabajo demuestra que es un temor sólo para quienes no desean aceptar el reto de leer con profundidad porque en la mayoría de sus textos académicos emana el placer, no solo del crítico sino también del lector. Su deceso, un tanto novelesco, se suma al del polémico Rafael Gutiérrez y en ambos se respira el camino de una crítica académica, por fuera de lugares comunes y con un rigor teórico envidiable.

Leonardo Monroy Zuluaga

miércoles, 21 de enero de 2009

URSÚA DE WILLIAM OSPINA: UN FLECHAZO POETICO A LA HISTORIA DE LA CONQUISTA

La Nueva Novela Histórica (NNH en adelante) es una de las formas particulares que tiene la literatura para hacer menos marcadas las fronteras entre realidad y ficción, y actualmente, se constituye como la manera de reevaluar los discursos que sobre la historia han creado las fuentes oficiales, para ofrecer una nueva versión de los acontecimientos y abrir nuevas posibilidades de comprensión e interpretación del devenir del hombre en la historia.

Ursúa de William Ospina es una novela que se alimenta de este género y nos presenta de manera poética su versión de los hechos en cuanto a la conquista de América y el establecimiento de los colonos en el nuevo mundo. Aunque este acontecimiento histórico ha servido de pretexto para muchos escritores y se pone como firme candidato para la manipulación y las especulaciones, Ursúa se proyecta con firmeza y revela la cara que desconocemos de los conquistadores: la humana, la sensible.

Pedro de Ursúa, reconocido en las crónicas de conquista y de indias como uno de los sanguinarios y déspotas más grandes, nunca pierde en la novela esta condición, sólo que es acompañado por una serie de posibilidades en cuanto a su forma de pensar y actuar, que lo hacen ver frágil, dubitativo y torpe, con lo que la novela se aparta de lo maniqueo y estructura una visión especifica y centrada no en el hecho histórico sino en el hombre.

Precisamente en el capitulo 16 se presenta –como en muchos apartes de la novela- una de estás situaciones: el despiadado señor de la tiranía es tristemente maniatado por una joven muisca que le atiende y le sirve en todo lo que requiere, porque Pedro de Ursùa “… no se atrevía a aceptar lo que estaba sintiendo. Le habrá sido fácil darle una orden, o tomarla a la fuerza, pero hasta entonces Ursúa, que era altanera e imperativo, no sabía que hacer con los impulsos de la naturaleza. La vigilaba por las habitaciones de un modo a la vez travieso y cruel, después la perseguía sin saber bien que hacer con ella, pero gozando de la incertidumbre.” (Pág. 233).

Seymour Menton, uno de los más reconocidos estudiosos de este subgénero novelesco, plantea siete características constantes en la NNH, dentro de las que resaltan la recusación de historia oficial, y la desmitificación de las figuras de poder. William Ospina nos presenta un Pedro de Ursúa despojado de su barbarie y cinismo, cargado de temores, dudas, y hasta engorrosos enamoramientos. Un Ursúa prejuicioso que prefiere por encima de todo seguir siendo fiel a su dios sangrante y tumefacto, que pensar siquiera en la posibilidad de un dios con rostro de bestia y facciones de monstruo. (Cap. 20 .Pág.291).

La ingenuidad es el destino de Ursúa en la novela; su destino y su desgracia, porque a pesar de que su valentía no se pone en duda, ésta lo lleva a sufrir infortunios y amenazas que marcan su sino y definen el rumbo de sus últimos días. La avaricia y la sed de poder, -problemas de todos los conquistadores- lo hacen aun más ingenuo: Ursúa emprende muchos viajes en busca de tesoros, pierde a todos sus hombres y sus conquistas se vuelven contra si para juzgarlo.

Entiendo a Ursúa, es más, si fuera conquistador sería uno así, y creo que el personaje atrapa porque el narrador es un encantador de serpientes, no con música de flautas, sino con armonía poética en la descripción, certeza en los comentarios, y una increíble tensión, que mantiene al lector en un viaje de dos barcos: por el alma de Ursúa, y a través de los hermosos valles y la cultura de los habitantes naturales del reino de los indios.

Por medio de ésta posibilidad bipartita, William Ospina se abre camino en medio de las filas de españoles avaros y mezquinos, para hacer evidente los engaños, las traiciones y los crímenes producidos por la codicia. También la otra parte es el vehículo para contar lo hermosa de nuestras tierras, su fauna y flora, su cultura, tradición oral, mitología y sobre todo, el equilibrio y respeto por la naturaleza y por el otro.

Es absolutamente hermoso encontrarse con posibilidades, no con verdades, y la palabra poética de William Ospina ofrece la idea de un Pedro de Ursúa sensible, humano, que borra cualquier vestigio de maldad presentado en la novela para que en la mente del lector quede plasmado un hombre derrotado, traicionado por sus hombres y cegado por la codicia.

Ursúa es un libro apropiado para aquellos deseosos de fantasía y realidad enlazados por un finísimo hilo imperceptible que pulula, o mejor, hace pendular al lector entre la verdad y la posibilidad de los hechos que marcaron los inicios de la “civilización” y la extinción de nuestros antepasados.

OMAR ALEJANDRO GONZALEZ
Deathman1917@hotmail.com

Ficha del libro: OSPINA, William. Ursúa. Bogotá: Alfaguara,2005

sábado, 17 de enero de 2009

UN “HOLA, SOLEDAD” DE MARIA MERCEDES CARRANZA

Hola, soledad es el titulo del libro de poesía publicado en 1987 por la escritora bogotana María Mercedes Carranza. Si bien son pocos los poemas que se consignan en este ejemplar, no cabe duda de la calidad de los mismos que superan las expectativas forjadas en la vera de las anteriores producciones, a saber: Vainas y otros poemas (1972) y Tengo miedo (1983).

Como característica primaria del texto está la dedicatoria al lector que hace Carranza. En ella, podemos encontrar un agradecimiento a quien lee sus versos; del mismo modo, existe una advertencia en la cual se insinúa la intencionalidad de su obra, esperando por esto una futura valoración. Con este precedente, la poetisa es sincera al abrir la posibilidad de compartir sus líneas íntimas –a tal punto de entregárselas al Yo lector.

En particular podemos ver al olvido, la nostalgia, el recuerdo y –obviamente– la soledad como temáticas recurrentes y fundamentales propuestos por la autora en su libro. “Juventud, bien ida seas”, “esta mano que todos ven” o “poema para el amante” muestran la fiereza del tiempo –que todo lo vence– y la destrucción que causa tras su paso.

“las palabras pierden su medida:
Los “te amo” a media voz
los “eres mi vida” en un dialogo
torpe, jubiloso, vergonzante
(de POEMA PARA EL AMANTE)

Igualmente, la angustia por sentirse solitario y vacio hacen constantes preocupaciones a la voz poética. Con una bella cita de Graham Greene: “Fui feliz, pero me aburrí tanto”, la poetisa da inicio al que sin duda –esto bajo mi concepción– es la mas atrayente de las todas, sea por su forma –las estrofas presentan disparidades interesantes– ritmo y el manejo del lenguaje:

Juventud, bien ida seas:
heroína de fabulas mentirosas
vestidas con ropas prestadas, bien ida seas.
Te llevas el coqueteo con los espejos
y la alegría de gastar un cuerpo joven.
(JUVENTUD, BIEN IDA SEAS)

Hola, soledad es un canto sublime a la muerte y la desesperanza. Las distintas composiciones demuestran un arduo trabajo intelectual en aras de exponer algunos temores infundados desde el mismo nacimiento del hombre. Con este ejercicio, Carranza construye un escalón evolutivo en las letras colombianas, combinando esta compleja labor artística con la sutileza propia del creador.

Juan Carrillo A
juanelcaibg@gmail.com

Ficha del Libro: Carranza, María Mercedes. Obra incompleta. Bogotá: Editoriales Leyva y Duran, 1991.