martes, 24 de enero de 2012

LAS ALABANZAS Y LOS ACECHOS


La forma como se puede concebir un libro de cuentos, ya sea por parte del   lector o escritor, subyace, en cierta parte, en descubrir una temática que encierre los relatos a través de las exigencias de la escritura dando una diversidad de temas para su entendimiento. Es decir, que las lecturas y escrituras pueden darse por un  tópico que encierre varias historias en un libro literario. En otros casos pueden ser textos fragmentados con un carácter distinto, es decir, tener diferentes temáticas con el fin de recrear un mundo poco tangible al lector para que este mismo busque afinidades.

La producción de cuentos que rondan en medio de un territorio y en intermitencias de personajes que por momentos vienen a ser vitales en los relatos, es lo que se puede encontrar en el libro de Fernando Cruz Kronfly, Las alabanzas y los acechos, del año 1980.

El libro contiene una exploración del ser humano por pasajes comunes y en territorios no poco conocidos, enmarcados desde otras ópticas que se desprenden en la amplitud de la existencia y en los recuerdos como síntoma de desequilibrio constante, para someterse al contenido social que alberga incertidumbres.

Los recuerdos acompañados de Silvestre Morón, es un claro ejemplo donde el relato le da una importancia al recuerdo en la trama de un circo. El recuerdo se viene a enfocar con la llegada de una mujer  demasiado talentosa, buscando un trabajo donde explorar nuevos territorios, y que el narrador conoce muy bien al describirlo  y describirla en su labor: “…todo aquello que guarda relación en el manejo del cuerpo con el límite del peligro… -y continúa- estuvo a punto de aprender a hipnotizar, y a quien casi mata de un mordisco en el cuello, una noche de amor, pues…” (Pág. 35). Las acotaciones del narrador, no son un simple espectáculo erótico, sino, también, el divertimiento del peligro y la imposibilidad mezquina de sondearla en los vestigios del amor en un escenario común como es su apartamento.

La expresión de este autor caleño viene a representarse en sus cuentos como un dominio de la vida en los espejismos, en la curiosa inversión de los personajes y los cambios de narradores. No obstante, los retornos que se llevan en la mayoría de cuentos se dan por la existencia de Salamando. Él es un eje en las historias que se entre cruzan en los cafés. Cuando lo habitantes de las calles deciden hilar los recuerdos, siempre entrarán poseídos por Salamando, no como una bestia infernal, sino porque se hace indispensable seguir el rastro de este personaje para tejerlo con los demás relatos: “Ver pasar al viejo Salamando, tan frágil como se observa en panoramas desde aquí,…(Pág. 14.). El personaje aparece constantemente, de cuento en cuento, como figura estructurante del libro. así por ejemplo, en otra narración se afirma que  “Eloy Salamando hizo a un lado algunos algodones entrapados…” (Pág. 81.) La presencia de Salamando es, en ocasiones marginal, aunque constante, y se proyecta como principal en un relato llamado Nadie se muere en esta vida.

Por otro lado, se observa, además de las inversiones estilísticas, que los cuentos vienen a circular por entramados indescifrables y tormentas en los muros de los barrios que provienen de una o varias guerras metaforizadas desde lo más mínimo de sus detalles: “Además, si en medio del combate un pájaro gira en el cielo de cenizas… y de aquellos promontorios de muertosinocentes que se forman en las esquinas” (pág. 105.).

No hay que mirar de soslayo las intermitencias de la escritura de Kronfly, ya que en cada uno de sus relatos se conservan estilos para bifurcarse y desentrañar el laberinto de Las alabanzas y los acechos.

LUIS FERNANDO ABELLO
Ficha del libro: CRUZ Kronfly, Fernando,  Las alabanzas y los acechos,  Editorial Oveja Negra Ltda, 1980. Bogotá, Colombia. 

jueves, 15 de diciembre de 2011

CHE, CANTATA PARA VOCES, TAMBORES Y CHIRIMÍAS DE JORGE ZALAMEA

Así pasa la vida, vasta orquesta de Esfinges
que arrojan al vacío su marcha funeral”.
CÉSAR VALLEJO
Jorge Zalamea (1905-1969) es conocido por ser un escritor colombiano que ocupó cargos  diplomáticos, luego fue exiliado, y  también activista de la paz. Se le confirió el premio Casa de las Américas en 1968 y por la totalidad de su obra el Lenin de la Paz. Tradujo además la obra del poeta Saint Jhon- Perse. Algunos de sus libros  son El Gran BurundúnBurundá ha Muerto, El Sueño de las Escalinatas, El Viento del Este da Nuevas Al Gran Salto, así comoIntroducciòn a la Prehistoria y el libro que da título a este texto.
Quizá como él, vivimos en un mundo cada vez más sordo a la música.Por eso extraña el hallar obras poéticas emparentadas con el lenguaje de las melodías, por ejemplo de la cantata. Esta, es una composición musical profana o religiosa para una o varias voces con acompañamiento.
En el caso de la obra Che, Cantata para Voces, Tambores y Chirimías, se compone de un primer movimiento, “grave o scherzo furioso” por segundo un “Andante”, el tercero es un “Adagio” y por último un “Allegro Moderato”.
Es perceptible la musicalidad de los versos, que al ser leídos en voz alta se comportan melodiosos, dramáticos, con un fuerte componente de tragedia, donde la visión maternal y mítica de la MadreTierra acoge en su seno primordial al héroe caído.
En ese sentido, el hombre muerto por quien retumban las voces, tambores y chirimías, simboliza la lucha del Ser por superarse así mismo, o de la naturaleza humana por superar el imperio de la razón instrumental, la eterna búsqueda de la libertad del espíritu cultural, aquel que otorga a la imaginación una facultad de conocer lo verdadero, como una mentira que muestra la verdad, o así como lo manifestó el poeta francés revolucionario y vanguardista André Bretón: “lo imaginario es lo que tiende a volverse real”.
PROSA Y VERSIFICACIÓN EN LA CANTATA
El primer movimiento es abierto por el Coro, quien observa y canta que: “el horror, como un murciélago, las enloquece”. Pág. 24. Además  que las Mujeres lucen: “Poseídas por el bifronte dios del amor y del odio, ya sus palabras no son inteligibles para nosotros y se confunden como la lluvia a la granizada en este estrépito que nos atemoriza”. Pág. 28.
El segundo (Andante) se caracteriza por la percusión. Símbolo de la guerra, resuenan los tambores. El trueno es una alegoría del conflicto bélico. Así como resuenan el huehuetl, el tepoznotle azteca, el tunkul maya, el pax, los atabales tendidos con piel humana de las antiguas comarcas del Cauca: “¡En toda América una tempestad de tambores enlutados!” pág. 39. “La tempestad de los tambores, en horrísono crescendo, dispersa al Coro, doblega a las Mujeres sobre la tierra, persigue al Mensajero y sacude toda la selva de cobre y estaño que rodea el lugar donde yace Él”. Pág. 40.
Con el Corose sienten las voces de cinco diferentes hombres: indio, negro, mestizo, blanco y mulato. Ante ellos, cuatro mujeres plañen sus penas. Estas “aullantes de viudez” reclaman al “Gran Tata”, Al Comandante, al Che, arrebatado violentamente por oscuras fuerzas. Frente a sus lastimeros gritos, el Coro manifiesta lo siguiente: “Mujeres de poca fuerza: cada vez que uno como él cayó, uno nació como él”. Pág. 50. No obstante, también es cierto que “ (…)  la gris desesperanza ventea sobre ellas y las salpica con la caspa de su viudez renovada.” Pág. 54.
Con una especie de poemas sociales, se tematiza el hecho de encontrar contradictoria más que absurda la guerra fratricida, puesto que:“bajo el uniforme se niega la sangre y se pudre el corazón” pág. 57. Por lo cual, la voz poética se cuestiona: “No sé por qué piensas tú, soldado, que te odio yo”. Pág. 58. Quizá le resulte vergonzoso el hecho de ser colombiano, de esa catástrofe que es el acto de nacer, de vivir para una muerte violenta y sin sentido; aunque aparentemente sea la condición natural del hombre: “Vergüenza, vergüenza, vergüenza de nuestros vientres mal sembrados / ”. Pág. 60.
De nuevo, el Coro nos recuerda cómo se ha envilecido el valor de la vida, así como el valor de la muerte, al hacer de esta un trofeo de guerra, por ejemplo al exhibir imágenes o porno-textos en los medios de comunicación masiva, ya sea la prensa con su crónica roja y su prosaico amarillismo o los noticieros donde todo es un diminutivo falazo simplemente las falacias de la Internet de nuestros días:
“Alucinadas por imágenes que nuestros ojos no perciben, las mujeres azotan la tierra con sus frentes, vierten sobre ella todos sus miembros en espasmos tetánicos./ Sus gritos agrietan los tímpanos, taladran el cráneo, penetran hasta los sesos vivos y los baten como una crema teñida de sangre.” Pág. 60.
También se encuentra un hombre desnudo, al parecer el Comandante,  recitando una especie de letanías u oraciones como estas: “semilla de la violencia/ fornícame/ Estrella de la sangre/ condúceme/ Cobra de la falacia/ adiéstrame…/ ¡Capa pluvial de la muerte/ cúbreme! / ¡Crujiente arreo de la muerte/ cúbreme! / ¡Bandera triunfal de la muerte/ Cúbreme, cúbreme, cúbreme!” pág. 66.
Ante estas palabras, las Mujeres y Hombres, lanzan imprecaciones al Recluta y el Maniquí Militar, quienes tras asediarlos, se esfuman hasta desaparecer cuando vuelve la plena luz al lugar. Con esto no solo se reconoce el poder de la santería afro-caribeña; pues también se adhiere a una suerte de hibridación con los rituales místicos o las creencias espirituales y cosmogonías de las tribus pre-hispánicas. 
De lo anterior, se desliga el que esta elegía coral a Ernesto Guevara es idealista y utópica cuando pretende la función social de la poesía, al construir hombres dueños de su propia existencia en sociedad, de la naturaleza, de sí mismos, individuos libres.Es decir, que se aferran a una verdad individual quizá absoluta y definitiva así como su desenfrenado amor a la humanidad. Una verdad por la cual vivir o morir para enfrentar así la vida desde un idealismo encarnizado o en realidad una lucha contra la “vasta orquesta de Esfinges que arrojan al vacío su marcha funeral”.
Algunos escritores como César Vallejo, Luis Vidales, Pablo Neruda o Nicolás Guillen también se aventuraron con este tipo de creaciones basadas en la realidad social e histórica y política. Aunque, actualmente, causa desencanto y perplejidad el impacto simbólico de un personaje legendario como Ernesto el “Che” Guevara.
 Lo digo apoyándome en el hecho de encontrar su imagen convertida en un ícono de la industria cultural, es decir, reducido a objeto de consumo audiovisual, imagen masificada y desmitificada, también símbolo desgastado de cierto espíritu beligerante, subversivo y divergente, por ejemplo en canciones de “Música protesta”, en largometrajes hechos en Hollywood, en camisetas, gorros, afiches, calcomanías, separadores de libros, grafitis, murales, o en tatuajes de jóvenes suicidas.
También el boxeador norteamericano campeón de los pesos pesadosMike Tyson, se hizo uno cuando estuvo en prisión junto a otro del rostro del chino Mao TseTung. Y el futbolista argentino Diego Armando Maradona también lleva un rostro de Guevara tatuado en su brazo. Y algunos estudiantes universitarios lo llevan más que en sus carnes tatuado, en el alma. Porque significa sus espíritus contrariados e inconformes con la realidad y la libertad que les han obligado a discutir y derrumbar por ser tradicionalista, autoritaria, dogmática, burocrática, conservadora de las tradiciones, contradictoria, perversa.
Quizá esto se deba al problema planteado por Jesús Martín Barbero, al retomar a Marlyse Meyer, quien cree que vivimos en una realidad contradictoria y desafiante, bajo una lógica perversa donde se logra hacer coexistir y juntarse de modo paradójicamente natural la sofisticación de los medios de comunicación de masa con masas de sentimientos provenientes de la cultura más tradicionalmente popular.Esto en el seno de una sociedad violenta, cínica y corrupta, cerrada a la diversidad y pluralidad de pensamientos, a la imaginación y la posibilidad de creación de mundos… para despegar pues ya no es mágico el mundo o como escribierael chileno Pablo Neruda:
“Hay cementerios solos,/ Tumbas llenas de huesos sin sonido, / El corazón pasando un túnel / oscura, oscuro, oscuro, / como un naufragio hacia dentro nos morimos, / como ahogarnos en el corazón, / como irnos cayendo desde la piel al alma.”
Por: Víctor Hugo Céspedes. 
CHE, CANTATA PARA VOCES, TAMBORES Y CHIRIMÍAS; ZALAMEA, Jorge. Carlos Valencia editores, Bogotá, 1980. 78 páginas.

lunes, 5 de diciembre de 2011

LA CALLE DEL CAPITÁN DE ELMER J. HERNÁNDEZ

“La nostalgia del paraíso es el deseo del hombre de no ser hombre”.
Milán Kundera
El mundo, desde su esfera circundante, nos muestra distintas posibilidades para construir un ideal de vida. Sin embargo, en la mayoría de los casos terminamos desorientados  y en vez de construir  nos moldeamos como simples figuras de la tradición. Por tal motivo, se crea en nuestras vidas una atmósfera de  inconformidad que genera conflictos existenciales llevándonos a cuestionar nuestro lugar en el mundo.

Es así como surgen dos posibilidades: seguir el camino que nos trazaron, decorado con una modesta tristeza que se encarga de ser nuestra guía, o  dirigirnos ciegamente por lo que nos hace felices y nos da el placer, así esto nos cueste la exclusión pertinaz del sistema.  Pero independiente de la decisión que tomemos, también existe la posibilidad de que ambos caminos se crucen y, por un momento fugaz nos cueste distinguir si es sueño o realidad.

En ese sentido, el cuento del escritor tolimense Elmer J. Hernández,  “La calle del capitán”, muestra una situación en la que su personaje principal, “Anselmo”, se pierde por un instante en un mundo ideal que es una simple calle cercada de personas y cotidianidad. Sin embargo, todo lo deseado, soñado y buscado por Anselmo, se encuentra allí, aunque su paranoia y desconfianza finalmente lo lleven a escapar de esa calle a la que nunca más puede volver, generando en él una nostalgia incesante.

Ante esta situación se ve demostrada la complejidad del humano, y esto se da no porque este sea complejo por naturaleza, sino porque el sistema se encarga de imponernos un “deber ser”, que en la mayoría de los casos va ligado con la productividad. Por lo tanto si no produces ganancias no eres útil a la sociedad. Y este sentimiento invade regularmente a Anselmo, el personaje principal del cuento, por eso trabajaba a hurtadillas de la ley:

Anselmo descubrió que poseía una amplia imaginación y una sorprendente capacidad para urdir cierto tipo de acciones. Ante el despliegue de su ingenio Grette y Lalo lo miraban y le sonreían con sincera admiración. Así, pues, y aunque ahora no recordaba las circunstancias precisas, pero sí la sombra de Grette y de Lalo al lado de su sombra, se encontró enrolado en una banda de ladrones (…) (pág. 18)

Anselmo, como muchos, era un soñador y anhelaba vivir en su pueblo como un triunfador, y a pesar de que con su oficio de ladrón ganaba dinero, no lograba impresionar a su familia: nadie se entusiasmó con el fajo de billetes que puso en el comedor a la mañana siguiente (pág. 20). Por lo tanto, los sueños de Anselmo se vieron frustrados y ya no tenía sentido estar en su pueblo: con amargura, Anselmo comprendió su deseo de distanciarse por siempre de ese pueblo (pág.20).

De esta manera, Anselmo caminó sin rumbo ni horizonte, y como todo hombre furtivo vivía con el temor de ser aprehendido, por eso cuando llegó a “La calle del capitán” por causas del destino, él mismo fue quien se encargó de salir de allí, aunque en el fondo su deseo fuese quedarse por siempre: Anselmo salió de la calle desierta y como no quería tropezarse con nadie y menos con el viejo capitán aligeró el paso. ¿Quién era él para merecer la vida en ese lugar? Se preguntó varias veces y luego echó una ojeada atrás. (Pág. 42).

Allí queda demostrada la indecisión que somete a Anselmo a renunciar a una vida de tranquilidad, pero ante todo, a una felicidad acompañada de una hermosa mujer, un amigo sabio e influyente como el capitán y toda la comunidad de gente que rodeaba la calle. Es decir, renunciar a un paraíso que como un sueño fugaz lo abrazó, pero ligeramente lo soltó, dejándolo desamparado en el mundo hostil de donde vino y que tanto aborrecía.

Así, el cuento  muestra cómo desechamos o no sabemos distinguir cuando se nos presenta una oportunidad de cambio y en ese devenir dejamos escapar la felicidad tan anhelada. Finalmente no sé con claridad cuáles eran las verdaderas intenciones de Anselmo,si en realidad su objetivo era salir de esa calle, porque no se sentía capaz de vivir en plena tranquilidad o su paranoia de ser capturado y perder lo más preciado, su libertad o quizás las dos. Pero lo que sí pude descifrar es que la nostalgia que lo invadió al no poder encontrar nunca más La calle fue inmensa e inmutable.

En ese sentido, resta decir  que más que un paraíso efímero, “la calle del capitán” es una grieta que tal vez todos en algún momento encontramos en la pared de lo cotidiano y lo monótono, pero, como Anselmo, dejamos escapar, ya sea por paranoia, ignorancia o simplemente porque así lo deseamos, pues qué sería del hombre sin los declives que se presentan en la vida. Supongo que no seriamos humanos, sino unos entes dados a la felicidad y la tranquilidad.

Paul Riaño Segura
CALLE DEL CAPITÁN.
Autor: Elmer J Hernández E.
Primera edición 2008-01-29 Ibagué Tolima Colombia.
Edición germinemos editores. ISBN 978-958-98528-0-4.
Impreso por EDITORIAL ATLAS impresores

sábado, 19 de noviembre de 2011

LA PROHIBICIÓN Y EL DESEO EN MIS JUEVES SIN TI DE OSCAR GODOY BARBOSA.


Las formas y modelos mentales que posee la sociedad actual están movidos por los arquetipos del imaginario colectivo[1], que la mayor de las veces es dictado y estereotipado a través de las formas de consumo. Religión, política, dolor y muerte poseen estereotipos prefijados, y el amor, como es de esperar, también ha caído en  estas maneras del desuso.

Los prototipos son simples: el amor filial, que corresponde a los arquetipos matrimoniales, familiares y de noviazgo, acompañados por la idea de compromiso, fidelidad y entrega total del cuerpo y el deseo a figuras que corresponden a relaciones aceptadas frente a la aprobación de otros; el amor ágape, que se liga a los sentimientos de fraternidad, amistad y solidaridad para con los seres que consideramos cercanos e influyentes, tanto en lo personal como en lo colectivo; y el amor vulgar, atado a los conceptos de hedonismo, placer, lujuria y promiscuidad, manifestados en contextos y situaciones de profundo ocultamiento, que en el mayor de los casos es satanizado y desvirtuado, como el acercamiento a los moteles, burdeles, las orgías, las relaciones homosexuales y los actos sexuales fugaces que tienden a volverse patológicos.

Sin embargo es preciso que se piense en otra manera de entender estas formas del amor, pues existe, como en el caso del cuento de Godoy Barbosa, un amor que se fragua en la imposibilidad del contacto físico, y por tanto, en la negación de las imposturas sociales. Para ello es necesario que recurramos al ejemplo de las llamadas líneas calientes, en las que la persona acude a la sensualidad de la voz de la persona que atiende desde el otro lado y que por medio de su capacidad para generar asombro desde el poder erótico de su palabra, hace que su interlocutor alcance el clímax mientras desnuda su entera satisfacción en una bocina que se cuelga.

Se diría que este ejercicio deviene de un placer morboso y algo patológico, pues no sólo evidencia la imposibilidad de la sensualidad hecha carne en unos oídos ávidos de obscenidad, sino que al tiempo enmarcan la absoluta negación de la capacidad tímica del contacto. Al respecto, quiero entonces iniciar el recorrido por el cuento, en el que, para resumir la anécdota, existe un hombre y una mujer que se encuentran cada jueves en un motel , siempre en habitaciones distintas, sólo con la certeza de saberse ahí desnudos para otros, pero amalgamados en el acuerdo de gemirse y saborear sus cuerpos y su esencia a través de la voz.

El relato es asumido por su protagonista –el hombre- que estando con una mujer en el motel escucha por azar mientras duerme otra voz, venida de un cuarto vecino. No una voz, “Unos quejidos largos como de gata en celo”, que lo sumen de inmediato en la contemplación de las características de la persona que puede emitir un gemido de ese calibre, es decir, nacidos del profundo deseo y la lujuria de una mujer “Apoyada en los codos, o en las dos almohadas de la cama, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada hacia atrás, sacudida por espasmos, (…) acaballada. Las piernas a lado y lado de otras caderas, la cabeza levantada y las manos inquietas.” 

El personaje en su cavilación acude al modelo estereotipado de ver la sensualidad femenina, que no comprende entre su imaginario a la mujer común; sólo tiene cabida el prototipo del desborde carnal de la exuberancia y la rigidez gimnástica de la carne, jamás a la mujer que recata con limpidez su deseo, que oculta su cuerpo tras ropajes casuales y palabras simples. Esto se debe a que nuestro personaje está acostumbrado a llevar al lecho únicamente a mujeres que logran despertarle la promiscuidad con actitudes felinas, lo que supone que es nuestro hombre el típico Don Juan que se enorgullece cuando sucumbe ante el arquetipo de la mujer fatal.
Es más, el personaje de este cuento siente especial cuidado por dar cumplimiento a su curiosidad, pues evidencia que la única cosa que lo lleva a buscar una mujer distinta cada vez, es el hecho de saciar la obsesión de descubrir todas las formas posibles en las que duerme su compañera de cama:

Camila dormía. Le gustaba voltearme la espalda y olvidarse en sus sueños. (…) Liliana dormía. Adoraba rodear la almohada con los brazos y descolgar la cabeza sobre el colchón. (…) Carolina dormía boca arriba, con los brazos y piernas extendidos en cruz. Pensaba que la cama era toda para ella. María José dormía de medio lado, justo al borde del abismo. Milena se encogía como un bebé. Sandra nunca se quedaba quieta. (…)  Catalina dormía boca abajo, con la cabeza un poco ladeada para respirar. Sonia parecía un cadáver, rígida, sin doblar codos ni rodillas. Leila esparcía su negra cabellera por la almohada.”

En este sentido – dice Cristina Peri Rossi- el erotismo es una libido encarnada en un objeto. Cuando la libido aún no ha encontrado su objeto (o lo ha perdido), produce angustia. Es el estado de ansiedad adolescente, cuando el instinto, plenamente potente y apto, todavía no ha encontrado el objeto donde fijarse.[2]

Y eso es lo que ocurre con nuestro personaje, pues cuando cree que su fijación está en la forma de descansar que expresan sus mujeres, descubre que ha encontrado otro objeto de deseo: la voz de una sirena varada en otro cuarto. La misma autora argentina sostiene que “el deseo tiene sonido, no es mudo. La turbación, la emoción, el ansia fluyen por la boca, modificando nuestra voz y expresando aquello que bulle. Los amantes jadean, resoplan emiten sonidos guturales, onomatopéyicos, que incitan al deseo y lo estimulan”[3].

No es extraño que el hombre sienta atracción por la tesitura sensual que expele la voz femenina, o por el encanto de sus palabras; basta hacer un recorrido mental  simple para recordar como Lilith sedujo a Adán, que más tarde perecería por el labio envenenado de Eva; o la hermosa voz de Nefertiti persuadiendo  a Aquenaton para adorar al naciente dios Aton en lugar de al legendario Amón; El canto de las mujeres del Chalco que enamora al pequeño Axayácaltl para que les conceda la fertilidad. No obstante, existe una anécdota que se adecúa mucho más a la situación narrada en el cuento: Ulises –falto de capacidad viril para atender al llamado femenino- se amarró al mástil de su barco para no sucumbir ante la libidinosa voz de las sirenas, y más tarde, necesitó de la ayuda de Hermes para no dejarse seducir por el encanto de la palabra de Circe. Aunque cabe la posibilidad, como dijera Kafka en su texto El silencio de las Sirenas, que el silencio sea más profundo que el canto y que la acción del héroe homérico no sea sino una triquiñuela para parecer más fuerte y mejor líder frente a sus acompañantes y súbditos.

Sin embargo, la voluntad del personaje no sólo sucumbe, sino que voluntariamente se entrega a la seducción, en la que la belleza o fealdad desaparecen, pues se asume que más allá de la carne existe únicamente la voz que incita y que despierta, que irriga, que derrama, no lo corporal sino las necesidades propias del espíritu:

Mientras gimieras, el mundo alrededor, la historia que tuvieras, tu forma de vestir y de actuar, no tenían importancia. Te prodigabas, la música de tu garganta era el final y el comienzo”.

Allí donde hay un deseo imposible,  -continúa Peri Rossi- surge el mito: en el plano de lo imaginario, es decir, la fantasía, se realiza aquello que no puede ocurrir en la realidad. Este mecanismo (la sublimación del deseo insatisfecho a través del recurso a lo imaginario, a, lo fantástico) sucede tanto en el ámbito individual como en el  histórico o colectivo.[4]  El héroe homérico sabía -o suponía- que rendirse a las sirenas era asumir la muerte, pero al héroe del cuento de Godoy Barbosa poco o nada le importa, porque el final y el comienzo son enteramente su deseo materializado en la garganta abierta o contrecha de su hembra, que pulula melodías frenéticas a sus oídos, ante lo que inicia , como en mil odiseas, la visita infaltable cada jueves al motel en busca de su Nereida.

El bestiario de Pierrre Ricard   se mencionaque “las sirenas significan las mujeres locas que atraen a los hombres mientras duermen engañándolos con sus palabras y conduciéndolos a la muerte”. Aunque es cierto que las sirenas enloquecen de manera dual –Voz y excentricidad- a los hombres, al nuestro sólo lo seduce el canto, pues reconoce que su muchacha no muy alta, vestida con discreción, con falda tobillera, lentes gruesos, cabello corto y aire doméstico, ha logrado resarcir su imagen de fatalidad femenina que rompe pausadamente su arquetipo prefijado y confuso de belleza.

Las discusiones de formalidad o informalidad sociales bien pueden aislarse para dar paso a la idea espiritual del encuentro sensual y erótico que se da en el amor sin contacto, pues poco importa la corporeidad, la textura de la piel, lo flácido, lo obeso, lo anoréxico, lo pulcro y asqueroso cuando se le da valor al efecto que produce en si mismo el objeto sensible y metafísico de deseo.

Para concluir –apresuradamente- recurro a un fragmento del cuento en el que el personaje niega la posibilidad de un encuentro con su objeto de deseo, pues sabe que la consumación del mismo, acabaría la sensación efervescente de lo oculto y prohibido; es el drama del querer y no poder que reconoce la magia de lo que nunca se consolida, el arte de pintar sin lienzo, de escribir sin el poema o el danzar sin música, como lo hacía Casandra, tan negada al ojo simple:

“Hay un pánico peor: me aterra pensar que un día decidas llegar sola al motel y me dejes abierta la puerta. Conocerte de cerca, ver tus ojos, ser causante de  tu quejido. (…) El día en que conozca tu forma de dormir se acabará el misterio.”

Cabe decir que el problema no es quedarse dormido para que las sirenas nos engañen y asesinen, como dice Ricard, más bien, me recojo en el sentido de Kafka, en el que el problema no es el canto sino el silencio mismo, que nos sume infinitamente en  el sueño del valle que era trampa, como el sueño de nuestro personaje. Lo único importante en esta fantasía es quedarse dormido voluntariamente para que sin falta, y sin vacilo, nos unamos en el llamado que hace un hombre naufragado en la noche de jueves:

“No me desespero. Tengo confianza en tu quejido que surge de la noche en mi rescate.”

OMAR ALEJANDRO GONZÁLEZ VILLAMARÍN.
Ficha del libro: Godoy Barbosa, Oscar: Mis jueves sin ti. EN: Cuentos del Tolima. Antología Crítica. AA.VV. Alma mater ediciones. 2011. Pág 239.


[1] Jung, Carl Gustav (2002). Obra Completa volumen 9/I: Los arquetipos y lo inconsciente colectivo. Madrid: Editorial Trotta. 
 [2] PERI ROSSI, Cristina: Fantasías eróticas. Editorial Temas de hoy. Buenos aires 1991. Pág 50.
[3] Ibid Pág 188.
[4]  Ibid pág 71.