martes, 13 de septiembre de 2011

PRIMERO ESTABA EL MAR DE TOMÁS GONZÁLEZ

Tomás González es un escritor de Medellín que cuenta con varias novelas publicadas –algunas de ellas premiadas a nivel nacional- así como con libros de cuento. Entre las primeras están Para antes del olvido (1987), La historia de Horacio (2000) y los caballitos del diablo (2003) y en cuento destaca El rey de Honka Monka (2003). Primero estaba el mar (1983) fue publicada en 2006 por editorial Norma con una extensión de 125 páginas.
En términos generales, la historia de esta novela de Tomás González es la siguiente: una pareja –J. y Elena- se traslada desde Medellín a una zona costera y casi inhóspita de Antioquia, en la que compran finca con gran parte de los ahorros que disponen. Ninguno de los dos tiene experiencia en el manejo de este tipo de negocios así que cada uno hace lo que puede para mantener a flote la inversión y, de paso, no dejar naufragar una relación labrada desde Medellín. El clima, las deudas y la voracidad de ciertas personas del lugar, los avasallan hasta doblegarlos paulatinamente.
La linealidad de este argumento tan sólo la rompe una carta que se incrusta hacia la mitad de la novela, amén de un indicio que emerge casi imperceptible en el capítulo 6, y que anticipan el final de J. El lenguaje no es experimental y los diálogos se solucionan con matices coloquiales que ubican al lector en la naturaleza de los personajes. Este armazón se complementa con la intromisión tímida y esporádica de un diario que conserva algunas de las peripecias sufridas por J.
Vista en perspectiva, la escritura de esta obra es muy convencional lo que no quiere decir que desde la sencillez no se logre profundidad en el conflicto. En gran parte de la novela se mantiene la expectación frente a las verdaderas razones que ha tenido la pareja para trasladarse a un lugar desconocido, cuyo único atractivo es un mar que, muy a pesar de los viajantes, se torna arisco en épocas de lluvias. Hacia el final se resuelve la incógnita cuando el narrador afirma sobre J que:
… la perspectiva de volver a Medellín a buscar trabajo con Ramiro o alguien como él de jefe, le ponía la carne de gallina… Tampoco le atraía mucho volver a la vida de antes de escapar al mar con la ya demasiado conocida y tal vez inevitable rutina de borracheras y cocaína en apartamentos desabridos o aparatoso rock en discotecas modernas hasta la náusea. (115-116)
J. y Elena se desplazan hacia la costa antioqueña para huir de la civilización. El tópico ya ha sido trabajado en Colombia en novelas como La vorágine de José Eustasio Rivera y La nieve del Almirante de Álvaro Mutis. La huída pretende alejarse de las exigencias de la vida moderna que ha fracturado al ser humano, en medio de los conflictos como el rápido paso del tiempo, el afán de lucro y la cárcel del trabajo. Sin embargo, el anhelo de un mundo no salpicado de problemas se desvanece en la vivencia de una naturaleza devoradora –como la de La vorágine- y de trabajadores con rasgos violentos similares a los que habitan la ciudad. La huida de la civilización en J. y Elena no es, finalmente, un paliativo.
Esta frustración es predecible, al fin y al cabo la novela moderna es el género del fracaso. Lo importante entonces no es que los dos personajes principales de Primero estaba el mar cumplan con el destino de la mayoría de quienes habitan el género novelístico, sino cómo logra la novela desmarcarse de los lugares comunes. Tomás González asume dos posibilidades: por un lado, personajes bien definidos – J. turbulento y bohemio, amante de la vida natural, mientras que Elena tiene un carácter hostil, en ocasiones arrogante y violento, para sólo hablar de los protagonistas-; por el otro, un tono que no cede a los extremos y que mantiene la narración en un estado de calma, afín con la experiencia vivida en zonas inhóspitas.
En el primero de los casos, hay una tendencia a conservar los detalles en las descripciones y los diálogos, para que los personajes conserven su estructura: a Elena, por ejemplo, la escuchamos desde las primeras páginas vociferando vituperios a quienes han arruinado su máquina de coser, la que eventualmente sería su única entretención en su finca. El segundo es tal vez el logro mayor: los intentos de describir una vida alejada de la civilización, y en medio de la naturaleza, me parecen un poco violentos en La vorágine y francamente patéticos en La nieve del almirante. El tono equilibrado con el que se abordan los conflictos en Primero estaba el mar es tal vez su mayor atractivo.
Sumado a estas consideraciones se encuentran algunos temas importantes: la nostalgia por una vida sin los afanes cotidianos y la lucha por encontrar un reducto más amable (el locus amenus de los latinos); las difíciles relaciones de una pareja que ha vivido el paroxismo de los vicios de la ciudad; la existencia, un poco al garete, en regiones apartadas de las ciudades. Primero estaba el mar narra algunas de las aspiraciones de una franja de seres contemporáneos cansados de su vida urbana, febril y descompuesta, pero devorados por una naturaleza humana que, aun en regiones apartadas, deja ver sus cuchillos

Leonardo Monroy Zuluaga
Ficha del libro: González, Tomás. Primero estaba el mar. Bogotá: Norma, 2006 (1983)

domingo, 4 de septiembre de 2011

MIRADA A UNA ANTOLOGÌA DE CUENTOS

En la pasada feria del libro de Bogotá se llevó a cabo el lanzamiento del Libro “Cuentos del Tolima, Antología crítica” del sello editorial Alma Mater, firmado por los autores Libardo Vargas Celemín, Jorge Ladino Gaitán y Leonardo Monroy Zuluaga. Esta antología ofrece su mirada alrededor de la cuentística del departamento, particularmente a aquella que ha sido reconocida por obtener el primer puesto de concursos a nivel nacional e internacional, a la vez que aborda cada uno de los textos a la luz de la crítica literaria y el estudio de las formas estilísticas de cada uno de los llamados a conformar la antología.
Se sabe que en medio de las posibilidades de una investigación existen tantas variables como formas de plantear el producto final. Sin embargo, estos riesgos de la posibilidad enmarcan otra suerte de disyuntivas, que no sólo tienen que ver con los problemas o líneas de acción, sino con la presentación misma de los resultados. Así, encontramos que, por ejemplo, cuando de literatura se trata, las investigaciones dan lugar -dependiendo del género investigado, la época o los autores- a una serie de títulos bautismales que pretenden mostrar  el contenido de lo hallado en el proceso, o que  corresponden al carácter de lo que el lector encontrará entre sus páginas. Basta recordar algunos de estos: Antología, Antología comentada, Antología crítica, de cuento, novela, poesía, ensayo, teatro, minicuento, etc. Entre ellas existen rasgos definitivos que las hacen distintas de las demás, en especial cuando se abordan pensando en procesos histórico-temporales, bibliográficos, bio-bibliográficos  o temáticos.
Resulta de suma importancia resaltar el hecho de que en medio de tan amplio número de cuentistas que producen su obra en el departamento, sólo aquellos que han sido galardonados en algún concurso estén llamados a elevar lo que bien pudiera ser el haber de la cuentística tolimense, pues es claro que de entrada el criterio de selección no corresponde netamente a la realidad de la escritura general  del departamento, ya que varios autores que no aparecen en esta antología son de gran altura, y aunque no obtuvieron un premio literario en este género, han sido excelentes escritores y se han realzado en la literatura nacional por la calidad de su narrativa, como es el caso de  Eduardo Santa, Hugo Ruiz rojas y Carlos Flaminio Rivera.
Sin embargo, se debe hacer la salvedad de que cuando de selección se trata, es imposible dar entera satisfacción a los lectores, más cuando estos poseen particularidades de lectura que reclaman la presencia –y condenan la ausencia- de algunos de sus autores predilectos. Para el caso de la presente, el criterio de selección corresponde a eventos literarios en que los autores tolimenses tuvieron el punto más alto de reconocimiento, por lo que este hecho no debe ser tan importante como sí los comentarios y reseñas críticas que tejen los antologistas alrededor de cada texto premiado. No obstante, considero pertinente traer a colación el fragmento de una reseña que elabora Hugo Hernán Aparicio Reyes a propósito de la presente Antología, en la que asegura que sobre el aspecto del criterio de selección los convocados:
“La eventual consecución de premios en eventos de disímil nivel, contexto histórico o tópico, rangos de inclusión y concurrencia de participantes, no parece referente eficaz para elegir relatos o autores”.
En este sentido, puedo afirmar que comparto los aspectos que resalta Hugo Hernán Aparicio, y siendo un poco más escéptico, se sumaría a estos puntos de análisis  el hecho de rastrear los jurados, sus criterios y el acta con la cual dan cuenta de los elementos que hacen de cada relato la obra por excelencia de cada concurso. Pero en todo caso, me sumo más al criterio de selección de los antologistas, pues queda claro que abarcar la totalidad de  la producción que haya en todo un departamento desde un género específico, es un trabajo que no sólo implicaría una vida entera, sino muchos volúmenes de resultado, algo poco favorable ante las exigencias editoriales, y yendo más allá, al tiempo y disposición de los lectores.
Digamos más bien, que lo que mueve el interés hacia este trabajo, es el hecho de que el aporte que hacen los antologistas dista mucho de otros intentos por resaltar la cuentística del departamento, como el que alguna vez realizara Carlos Orlando Pardo en su antología de “Cuentistas del Tolima”, en la que existe sólo una mirada bio-bibliografica que descuida los rasgos estéticos e ideológicos que caracterizan la producción de los autores congregados; o la reunión de textos amparada bajo el nombre “La violencia diez veces contada” que dirigiera el mismo autor; la bella e interesante selección de textos sobre prostitución que Roberto Ruíz Rojas selló como “La putería”. En este sentido, la Antología que nos ocupa, es el resultado de un proceso de acercamiento crítico a los cuentos, dado desde la mirada teórica, conceptual y analítica de los antologistas, que para conocimiento del lector, reparten el corpus -16 cuentos- de tal manera que a cada cuento corresponde la reseña específica de un antologista, -y no de todos- lo que de entrada supone individualidad en las visiones y absoluta particularidad en los comentarios.
Aunque esto no debe ser relevante para juzgar el contenido crítico de la antología, pues en medio de esta fragmentación del corpus hay toda una reflexión dialogada en conjunto sobre cada uno de los textos, y esto se siente a medida que se leen los comentarios críticos, pues en la mayoría de ellos existe una lógica analítica que demarca todo un proceso metodológico para su acción, que va desde el breve resumen del texto, pasando por un acercamiento al contexto literario de su autor, hasta la generalización de las posturas narrativas, estilísticas e ideológicas que se hallan entre líneas, o en la concepción y aportes que hace cada autor al contexto literario de la región y la nación.
Puede rastrearse en esta antología el eventual proceso de transformación temática, estilística y estética que ha tenido el departamento, pues aunque es atrevido decir que cada cuento corresponde a un contexto literario específico del departamento, sí es claro que el hecho del orden en que aparece  cada uno está trazado por una línea temporal en la obtención de los premios,  que demarca  la posibilidad de identificar las variaciones en los aspectos narrativos,  la riqueza en la presentación de las acciones, y la temática en torno a la que gira cada momento histórico. Baste nombrar por ejemplo el carácter naturalista y romántico de los cuentos de   Uva Jaramillo, y Luz Stella; la influencia de los fenómenos de la violencia bipartidista en  Germán Santamaría, Eutiquio Leal y Jorge Eliecer Pardo,  los juegos intertextuales y metaficcionales De Jaime Alejandro Rodríguez y Carlos Orlando Pardo; el deleite metafórico y la sensualidad en Oscar Godoy Barbosa; reflexiones filosóficas y sobre la historia en manos de Cesar Pérez Pinzón; las anécdotas suburbiales y de ciudades anónimas de Elmer Hernández; la observación detallada de la barbarie y la desazón que acompaña la actualidad militar en Libardo Vargas celemín; y otros más que se juegan su propuesta con el humor, la sátira y la ironía, como  Alexander Prieto.
Existe otra reseña en el recientemente aparecido ejemplar número 20 de la revista “Aquelarre”,  firmada por Jesús Alberto Sepúlveda (quien aparece en la antología por ganar un concurso nacional de cuento en 1988) en la que el autor decide dedicarse no a reseñar la Antología crítica de cuento sino a desmenuzar, para los ojos del lector, sus apreciaciones sobre los cuentos ganadores que conforman la compilación, con lo que demuestra que su interés está en sentar palabra sobre los textos narrativos para dejar de lado el trabajo acucioso, la importancia y el sentido intelectual que trae el trabajo de investigación de los antologistas, pero al fin de cuentas, ese es su estilo, tan valioso como cuestionable.
Podría extenderme, pero creo que para este fin existe –como elemento de regocijo- la presente antología, que no solo contribuye al establecimiento de una historia del cuento en el Tolima, sino que abre luces para que nuevas investigaciones vean en los estudios regionales serias alternativas para contar, como decía Hayden White, la historia desde lo periférico, la representación de los imaginarios olvidados, las voces de lo clandestino, y el fruto de las apartadas vides.
Queda abierta la invitación a realizar el recorrido sobre los imaginarios que se hallan en la narrativa que reúne esta antología, pero sobre todo, a realizar un estudio detallado y juicioso de cada apreciación que sobre este entramado hacen los compiladores, que a buena hora, nos entregan su compendio de críticas y reseñas sobre lo que ha parido la cuentística tolimense para Colombia y el mundo, pues este ejercicio investigativo bien pudiera ser el llamado a la interacción, la retroalimentación y a la voluntad investigativa.
OMAR ALEJANDRO GONZÁLEZ
Ficha del libro: Gaitán Bayona, Jorge. Monroy Zuluaga, Leonardo, Vargas Celemín Libardo; Cuentos del Tolima, Antología crítica. Alma Meter, Bogotá, Febrero de 2011. PP.387.

lunes, 29 de agosto de 2011

ESCRITOS EN LOS MUROS

No es extraño que un autor en plena madurez de su escritura literaria, eche un vistazo hacia atrás y vea con recelo sus primeros escritos. Por ejemplo, Germán Espinosa recuerda  su primer libro de poemas escrito en plena adolescencia y confiesa por qué no se siente a gusto cuando lo observa con ojo literario[1]. Así mismo las observaciones que se realizarán  en torno a Alonso Aristizabal generan cierta incomodidad en la lectura de sus relatos recogidos en su libro, acaso aun inmaduro, titulado Escritos en los muros.
Los primeros años son decisivos para un escritor, ya que  su entorno, su niñez y madurez corporal e intelectual generan las influencias para condensarlas e iniciar con el oficio literario. Alonso Aristizabal crea una atmósfera  en su lugar de origen Pensilvania, Caldas, y en la época que le ha tocado vivir.
Los relatos en su mayoría son contados en tercera persona y hacen eco de la violencia, el conflicto político, social y económico que atrae a sus personajes como emigrantes de ningún lugar quienes buscan un bienestar individual porque no hay otra alternativa. Muchos de ellos, en la búsqueda infructuosa de trabajo,  se decepcionan de sí mismos por no tener una educación y un oficio qué contar. Estas precariedades sociales las podemos encontrar en  Viaje para lejos y  La ilusión de Dumbar Circus.
Otros personajes simplemente son vagabundos en busca de una estabilidad por medio de una mujer, pero la avidez del licor rompe los lazos y estos individuos retornan  a su lugar de origen después de socavar muchos mundos: “Él apareció brotado por la tierra al octavo sábado” (pág. 43) afirma el narrador de uno de los cuentos.  La tierra que los vio nacer intenta purificarlos bajo sus mantos, pero ellos consideran que la marcha debe continuar sin esperar nada a cambio. Éste personaje regresa un sábado octavo intentando perderse en sus memorias, evitando las bifurcaciones de su destino.
En el relato que le da nombre al libro, la violencia se establece en una institución educativa. En esta, el misterio de los informantes incluye a todos en una serie de amenazas contra el rector, docentes y alumnos, cuando en un muro se escribe una ignominia y el rector empieza a discernir sobre ello: “Eso tuvieron que hacerlo anoche o esta mañana antes de llegar el personal” (Pág. 30). Más adelante se retoman los escritos como si fueran hechos con sangre del enemigo.
No obstante, si en los escritos de Alonso Aristizabal encontramos estos símbolos de la violencia y el inconformismo de su entorno social, falla su deseo de que la lectura nos sumerja  en el atractivo literario. Los comienzos de la mayoría de las anécdotas son muy pomposas: “Por las mismas razones que tiene la rosa para ser bonita y admirada, Elsita Aguirre era la flor de la cuadra” (Pág. 40). Estas narraciones no parecen cuentos sino anécdotas, con un marcado romanticismo y en su devenir no hay un cierre (si es que siempre lo hay) que llene de expectativas al lector: el autor los concluye olvidando todos los indicios.
Es cierto que el lector tiene plena autonomía de leerlo como desee, pero en estos textos no se encuentra una tensión, no hay intensidad en el soporte temático, la utilización de figuras literarias es tan cargada que cansa al lector y parecen más un relleno de imágenes para describir pero no adelantar, consecuentemente,  la historia.
Escribir cuentos “…significa agarrar al lector del pescuezo y no darle respiro, no permitirle escapatoria”[2], pero con Aristizabal no encontramos que el  agarre nos asfixie, ni siquiera nos ha tomado de la garganta para tensionarnos, sino que, en cierta medida, los relatos  son bostezados en la lectura de dos páginas, o incluso desde las primeras líneas: “Marido y mujer fueron a ver a la tía María…”(Pág. 75). En este texto la tía María y su enfermedad son simplemente un dato para alargar la historia de sus personajes: la enfermedad no es un hecho decisivo.
Finalmente, este libro muestra la necesidad de reflexionar sobre lo que significa contar historias, sobre el arte de la narración y sus riesgos. Esta obra de Aristizabal parece ser fruto de impulsos juveniles o, en todo caso, de un momento en el que el escritor perfilaba su propuesta. Textos posteriores pueden o no darnos la razón.
FICHA DEL LIBRO: Aristizabal, Alonso, Escritos en los muros, Editorial Oveja Negra Ltda., 1985.
LUIS FERNANDO ABELLO.



[1] Esta confesión la realiza en su antología poética recogida por Arango Editores Ltda. 1995, Bogotá, Colombia.
[2] GIARDINELLI, Mempo, Así se escribe un cuento, Punto de lectura, ediciones B, S. A 2003. Pág. 23

lunes, 8 de agosto de 2011

GRAFÍAS DEL INSECTO DE NELSON ROMERO GUZMÁN


“GRAFÍAS DEL INSECTO”:

Los diccionarios son selvas donde se refugian las palabras y voces de una tradición lingüística. Igualmente, los insectarios, son fuentes insondables, desconocidas y abstractas, tan bellas o monstruosas como abiertas al continuo descubrimiento. Existen, pues, hondas similitudes entre estos dos mundos textuales: el de los insectos y el de las grafías humanas.Aunque, hay quienes creen que los animales carecen de pensamiento y lenguaje por lo cualestán limitados a sistemas básicos de comunicación; (desde una postura un tanto realista y científica)para otras voces resultan muy imaginables las grafías del insecto.
El lenguaje es una facultad humana con la cual se teje el sentido del mundo de la vida. Es un medio de expresión y comunicación del pensamiento. En ese sentido, existen diversidad de lenguajes, desde los verbales, hasta los no-verbales, los lenguajes coloquiales, especializados (en jergas o tecnicismos) y los figurados o metafóricos. El lenguaje deriva en las palabras, las cuales, al decir del escritor español Ramón del Valle Inclán, son “espejos mágicos donde se evocan todas las imágenes del mundo”. Las palabras son el reflejo del mundo interior del ser humano. Las hallaremos  en la lengua, la cual es un sistema de signos social y cultural, además convencional, arbitrario y compartido por una comunidad de hablantes. Hay que buscarlas en los diccionarios, o reinventarlas, re-imaginarlas, tomarlas por el rabo como a un animal ponzoñoso que muy pronto –a cada momento- se metamorfosea según los múltiples sentidos y significaciones posibles.Por lo tanto, adentrémonos en ese mundo de palabras e insectos.
“LA MANTIS LECTORA”:
La lectura poética del mundo es un ritual con el cual se reordena el constante cambio de los tiempos agitados de los hombres contemporáneos. Aunque pocos de estos seres se toman un respiro en la barahúnda cotidiana, otros no podrían seguir respirando sin el influjo de esa materia poética oculta en las imágenes desechadas por la estética rayana en el idealismo moralizante. Como sugieren estas palabras del poema titulado Moscardón: “Sabía que en la cabeza de un hombre hay más putrefacción,/ y voló del campo una mañana/ hasta la cabeza mía, pensando / en la destrucción del mundo.” p. 24. Lo cual es un ejemplo de las “víctimas de la estética”. Es lo que sucede cuando se interpretan los símbolos desde el punto de vista convencional, o lo que es, desde los “cánones de lo benigno”. Puesto que, como dijo el poeta, “basura locuaz en vuelo es la mosca/ su basural es este plato, tu cabeza.” p. 52
Por medio de un lenguaje metamorfoseado, acudimos a comparaciones alejadas de tal facilismo, por ejemplo cuando el lector de poemas -digamos de las Flores de Baudelaire- es el alimento del moscardón: “moscardón vive en mí desde entonces/ come de mis lecturas,/ de todo lo que es materia sucia y embustera/ Sabe que el lector por dentro está hecho / de tejidos imaginables, y los absorbe.” p. 24Las polillas son  “insectos queridísimos/ fieles aCervantes.”p. 25. Y Dios, “es una enfermedad de la mente”, asimismo el poeta es una especie de “animal de piedra” para quien “ver el aire convertido en piedra/ es triste”.Se trata de la misma dureza del aire que respiramos en medio de la hostilidad del mundo donde resulta igualmente arduo el hecho de viajar, soñar o imaginar una manera de vivir auténtica o un lenguaje propio y verdaderamente humano.
“COLECCIONISTA DE MARIPOSAS”:
¿Cuál es la idea que tenemos del tiempo? Acaso que es una mariposa. O el espíritu de un antiguo chamán de la selva negra. El tiempo es la belleza. Es en el instante en donde se sintetiza una suerte de eternidad. Vivir en un perpetuo presente. Vida hecha de momentos. De allí que Agnon, Lestes, Calopteryx, (libélulas) “en un día se beben toda la flor del tiempo.” p. 32. El vuelo de estos insectos connota cierta nostalgia de un tiempo primordial, antes del tiempo físico y matemático. Allí donde “lo invisible emana de lo visible.”
“PLAGAS”:
Hemos reconocido que el lenguaje es una suerte de Morada del Ser, del animal interprete de símbolos que somos, con el deseo vehemente de desenmascarar el mundo de las cosas materiales. Cuando nos hemos referido al lenguaje poético, metafórico o figurado, no se ha planteado cuál es el oficio del “poeta” ni cuál es la función de la poesía en una sociedad militarizada y en descomposición, en un caos político y en un desbalance económico. De ahí que algunos escritores de poemas sean asimilables a verdaderos “parásitos”, gente que habla de cosas que no sabe ni conoce ni le consta que así fuese, sólo porque así lo intuyen, imaginan,  sueñan o sienten en lo más profundo de sí mismos. Tal vez por eso leemoslo siguiente: “Muchos también regresan del lenguaje / con sangre en los ojos o dificultad para respirar/ en este mundo.” p. 39
La orden es exterminar a la “plaga del mundo”. Eliminarla como al cadáver extraño de una cucaracha-mutante. Aplastar aquellas voces que revolotean en la Casa del Ser, es decir, en los lenguajes insectos de las criaturas humanas. O como quería Blaise Pascal cuando creía que “la humanidad es un bicho raro, un monstruo que excede toda comprensión…” Tal especie sobrevive en un mundo plagado de sordidez y tinieblas infames, como cuando leemos estas palabras: “Al paso de la Horda” Permitir que todo pueda hacerse invisible por un /momento,/ Incluso estas palabras,/ mientras pasa la horda zumbante / en un mundo cada vez más sordo a la música./ p. 45.
INSECTA COTIDIANA”:
Frecuentemente esta raza de hombres esclavos del tiempo, se olvida de sí misma, como si fuese un traste que ha sido vaciado, echado a un lodazal de perplejidad e incertidumbre. Agobiado por el inexorable peso del reloj que pende de su nuca como una condena de animal para el arado de la historia, un dios espantable azota al hombre hacia el abismo del desespero. Por ello la voz poética anhela: “Ver pasar la vida sin prisa/ tras la neblina de nuestros cuerpos” p. 49Además está el aguijón de la duda clavado en el pecho, justo en los ojos del corazón. La voz pregunta: “No será/ que nos repetimos demasiado bajo el sol?” “Sería que nos perdimos ya/ buscándonos a nosotros mismos?” “Algún día intentaste/ cambiar tus manos por alas? P. 54
“DISCURSO, ENSAYO E INFORME”:
Como  hemos mencionado, el lenguaje es una especie de Morada del Ser. Por eso, la voz del poema nos conlleva a imaginar similitudes entre las hojas de los árboles y las de los libros, entre estos y las casas. Las hormigas leen “el sentimiento del bosque, la mirada del musgo, la angustia del agua reflejando el cielo”. Nosotros -dicen ellas- escribimos por una “pérdida de instinto” a la cual llamamos intuición… Es muy apreciable el discurso de aquellos insectos cuando nos dicen que “leemos para edificar el ala”. Acaso sean las alas de la imaginación desenfrenada e hiperbólica.Otras especies aparecen en esta parte del poemario Grafías del Insecto. Quizá el “Informe de las Luciérnagas” o “Ensayo sobre la bola de Sísifo”, donde leemos: “Maese escarabajo,/ te pido arrojar el mundo lejos,/ esa estúpida bola sisífica, arrójala de tu vientre/ como una maldición.”Imágenes tan violentas como los verbos y adjetivaciones. Asimismo la metáfora donde el mundo es una bola de estiércol, “bola de Sísifo” o del “Maese escarabajo”. Quien luce enérgico, pleno de vitalidad y dicha.
La lectura continua de estos textos genera inquietudes al pensar en las relaciones o comparaciones entre el mundo de los insectos y el del grafismo o lenguajes humanos. Por ejemplo cuando imaginamos ¿qué sucedería, si una mañana, tras una noche de sueño intranquilo, un insecto despertara convertido en un monstruoso ser humano? Tal vez gritaría, se reiría de sí mismo, o tal vez se quitaría la vida instantáneamente… O quizás leeríalibros de poemas.
GRAFÍAS DEL INSECTO, GUZMÁN, Romero Nelson, Unidad Gráfica de la Facultad de Humanidades, Universidad del Valle, 2005, Cali, Colombia. 61 págs.

Por:
VÍCTOR HUGO OSORIO CÉSPEDES