Insistir en los lastres de muchas de las novelas de la violencia bipartidista es tal vez un poco necio, aunque siempre es bueno recordar lo difícil que se torna narrar el conflicto interno. Ya en un documento como “Literatura y violencia en la línea de fuego” de Augusto Escobar Mesa, se realiza un paneo de algunas de los principales deslices que en términos estéticos tuvo esa producción de novelas que relatan la pugna bipartidista.
El sargento Matacho, de Alirio Vélez Machado es una de esas obras concebidas un poco al calor de la contienda. Publicada en 1962 la novela narra la vida de Rosalba Velásquez de Ruíz, una guerrillera conocida como “El sargento Matacho”; desde la infancia el narrador hace un seguimiento a los principales eventos que le suceden a la mujer: sus tres uniones maritales, la manera como, desde el rencor por la muerte de su esposo se convierte en una furibunda insurgente, y su caída final a manos de los bombardeos de la fuerza pública.
Parte de lo que me ha llamado la atención de esta novela corta es que más allá de sus dudas sobre la estructura – en ocasiones está plagada de testimonios históricos del autor- y de la opacidad en la tensión, el seguimiento que se el hace a la guerrillera privilegia sus relaciones afectivas y no tanto su trasegar por la guerrilla.
Pese a que no se profundiza en los problemas afectivos -porque en realidad se hace más un conteo de eventos por los que rompe con cada uno de sus enamorados- este seguimiento aplaza un poco la descripción descarnada de la violencia y trata de entregar una imagen diferente, desde adentro, de la guerrillera.
En este seguimiento, afectos y vida política se entrelazan: la pérdida consuetudinaria de dos de los esposos de Rosalba a manos de las fuerzas oficiales son las que la llevan a convertirse en una insurgente arrasadora, tan fuera de los límites que incluso sus jefes la reprenden.
En este sentido la novela está entre la justificación y el señalamiento: por un lado sugiere que ante las injusticias cometidas sobre parte de la población campesina, fue necesario movilizarse en contra del Estado (una revisión de textos sobre la violencia en Colombia insiste en esta hipótesis); por otra, alcanza a criticar cómo desde la venganza y el rencor se desfiguran los compromisos políticos de Rosalba Velázquez. Interpreto aquí una lectura menos maniquea del conflicto, y un acercamiento a los personajes inmersos en él desde una perspectiva que intente develar sus claroscuros.
Que no se haya logrado en este caso, con la profundidad anhelada, es parte de otra discusión, pero como documento histórico la novela plantea retos a una visión sesgada, políticamente hablando, de la realidad. Esta posible virtud de la novela se contrapone a la ausencia de conflictos internos reales y, como ya se afirmó en líneas anteriores, a la simpleza en las tensiones.
No hay un solo personaje al que sintamos en sus desvaríos internos: ni el primer esposo de Rosalba, machista y celoso; ni el segundo, fiel y hasta noble; ni el tercero, desaparecido en la maraña del conflicto. A todos los determina una acción vaga o por mucho un diálogo en la obra, pero no están perfilados con la suficiencia que necesita un personaje de ficción.
Finalmente El sargento matacho es una extraña novela de la violencia, que ha tratado de enfocar el fenómeno desde las relaciones amatorias, pero que no llega a perturbar a su lector, ni desde su prosa ni desde los seres que la recorren. Pese a ello, hay un esfuerzo por narrar la violencia de una manera menos descarnada e incluso en ocasiones sin dogmatismos políticos.
El sargento Matacho, de Alirio Vélez Machado es una de esas obras concebidas un poco al calor de la contienda. Publicada en 1962 la novela narra la vida de Rosalba Velásquez de Ruíz, una guerrillera conocida como “El sargento Matacho”; desde la infancia el narrador hace un seguimiento a los principales eventos que le suceden a la mujer: sus tres uniones maritales, la manera como, desde el rencor por la muerte de su esposo se convierte en una furibunda insurgente, y su caída final a manos de los bombardeos de la fuerza pública.
Parte de lo que me ha llamado la atención de esta novela corta es que más allá de sus dudas sobre la estructura – en ocasiones está plagada de testimonios históricos del autor- y de la opacidad en la tensión, el seguimiento que se el hace a la guerrillera privilegia sus relaciones afectivas y no tanto su trasegar por la guerrilla.
Pese a que no se profundiza en los problemas afectivos -porque en realidad se hace más un conteo de eventos por los que rompe con cada uno de sus enamorados- este seguimiento aplaza un poco la descripción descarnada de la violencia y trata de entregar una imagen diferente, desde adentro, de la guerrillera.
En este seguimiento, afectos y vida política se entrelazan: la pérdida consuetudinaria de dos de los esposos de Rosalba a manos de las fuerzas oficiales son las que la llevan a convertirse en una insurgente arrasadora, tan fuera de los límites que incluso sus jefes la reprenden.
En este sentido la novela está entre la justificación y el señalamiento: por un lado sugiere que ante las injusticias cometidas sobre parte de la población campesina, fue necesario movilizarse en contra del Estado (una revisión de textos sobre la violencia en Colombia insiste en esta hipótesis); por otra, alcanza a criticar cómo desde la venganza y el rencor se desfiguran los compromisos políticos de Rosalba Velázquez. Interpreto aquí una lectura menos maniquea del conflicto, y un acercamiento a los personajes inmersos en él desde una perspectiva que intente develar sus claroscuros.
Que no se haya logrado en este caso, con la profundidad anhelada, es parte de otra discusión, pero como documento histórico la novela plantea retos a una visión sesgada, políticamente hablando, de la realidad. Esta posible virtud de la novela se contrapone a la ausencia de conflictos internos reales y, como ya se afirmó en líneas anteriores, a la simpleza en las tensiones.
No hay un solo personaje al que sintamos en sus desvaríos internos: ni el primer esposo de Rosalba, machista y celoso; ni el segundo, fiel y hasta noble; ni el tercero, desaparecido en la maraña del conflicto. A todos los determina una acción vaga o por mucho un diálogo en la obra, pero no están perfilados con la suficiencia que necesita un personaje de ficción.
Finalmente El sargento matacho es una extraña novela de la violencia, que ha tratado de enfocar el fenómeno desde las relaciones amatorias, pero que no llega a perturbar a su lector, ni desde su prosa ni desde los seres que la recorren. Pese a ello, hay un esfuerzo por narrar la violencia de una manera menos descarnada e incluso en ocasiones sin dogmatismos políticos.
Leonardo Monroy Zuluaga
Ficha del Libro: Vélez Machado, alirio. Sargento Matacho: la vida de Rosalba Velázquez de Ruíz, exguerrillera libanesa. Líbano, Tipografía Vélez, 1962.


