miércoles, 2 de septiembre de 2009

EL SARGENTO MATACHO

Insistir en los lastres de muchas de las novelas de la violencia bipartidista es tal vez un poco necio, aunque siempre es bueno recordar lo difícil que se torna narrar el conflicto interno.

Ya en un documento como “Literatura y violencia en la línea de fuego” de Augusto Escobar Mesa, se realiza un paneo de algunas de los principales deslices que en términos estéticos tuvo esa producción de novelas que relatan la pugna bipartidista.

El sargento Matacho, de Alirio Vélez Machado es una de esas obras concebidas un poco al calor de la contienda. Publicada en 1962 la novela narra la vida de Rosalba Velásquez de Ruíz, una guerrillera conocida como “El sargento Matacho”; desde la infancia el narrador hace un seguimiento a los principales eventos que le suceden a la mujer: sus tres uniones maritales, la manera como, desde el rencor por la muerte de su esposo se convierte en una furibunda insurgente, y su caída final a manos de los bombardeos de la fuerza pública.

Parte de lo que me ha llamado la atención de esta novela corta es que más allá de sus dudas sobre la estructura – en ocasiones está plagada de testimonios históricos del autor- y de la opacidad en la tensión, el seguimiento que se el hace a la guerrillera privilegia sus relaciones afectivas y no tanto su trasegar por la guerrilla.

Pese a que no se profundiza en los problemas afectivos -porque en realidad se hace más un conteo de eventos por los que rompe con cada uno de sus enamorados- este seguimiento aplaza un poco la descripción descarnada de la violencia y trata de entregar una imagen diferente, desde adentro, de la guerrillera.

En este seguimiento, afectos y vida política se entrelazan: la pérdida consuetudinaria de dos de los esposos de Rosalba a manos de las fuerzas oficiales son las que la llevan a convertirse en una insurgente arrasadora, tan fuera de los límites que incluso sus jefes la reprenden.

En este sentido la novela está entre la justificación y el señalamiento: por un lado sugiere que ante las injusticias cometidas sobre parte de la población campesina, fue necesario movilizarse en contra del Estado (una revisión de textos sobre la violencia en Colombia insiste en esta hipótesis); por otra, alcanza a criticar cómo desde la venganza y el rencor se desfiguran los compromisos políticos de Rosalba Velázquez. Interpreto aquí una lectura menos maniquea del conflicto, y un acercamiento a los personajes inmersos en él desde una perspectiva que intente develar sus claroscuros.

Que no se haya logrado en este caso, con la profundidad anhelada, es parte de otra discusión, pero como documento histórico la novela plantea retos a una visión sesgada, políticamente hablando, de la realidad. Esta posible virtud de la novela se contrapone a la ausencia de conflictos internos reales y, como ya se afirmó en líneas anteriores, a la simpleza en las tensiones.

No hay un solo personaje al que sintamos en sus desvaríos internos: ni el primer esposo de Rosalba, machista y celoso; ni el segundo, fiel y hasta noble; ni el tercero, desaparecido en la maraña del conflicto. A todos los determina una acción vaga o por mucho un diálogo en la obra, pero no están perfilados con la suficiencia que necesita un personaje de ficción.

Finalmente El sargento matacho es una extraña novela de la violencia, que ha tratado de enfocar el fenómeno desde las relaciones amatorias, pero que no llega a perturbar a su lector, ni desde su prosa ni desde los seres que la recorren. Pese a ello, hay un esfuerzo por narrar la violencia de una manera menos descarnada e incluso en ocasiones sin dogmatismos políticos.

Leonardo Monroy Zuluaga

Ficha del Libro: Vélez Machado, alirio. Sargento Matacho: la vida de Rosalba Velázquez de Ruíz, exguerrillera libanesa. Líbano, Tipografía Vélez, 1962.

sábado, 29 de agosto de 2009

LOS PARIENTES DE ESTER

Hace unos cuantos años atrás, en mi época de colegio y muy a ‘recomendación’ de una de mis docentes me encontré con un libro lleno de personajes conocidos, vecinos, amigos y parientes.

Poco puedo recordar de esa primera lectura e incluso menos la adaptación a obra de teatro que tuvimos que realizar. Recuerdo sin embargo haberlo leído en corto tiempo, recuerdo los personajes, los restaurantes y cafeterías, el caos del velorio.

Los parientes de Ester es una novela ambientada en la Colombia de finales de los 60’s y comienzos de los 70’s, una Colombia en pleno Frente Nacional; esperanzada en un mejor gobierno, ahogada por una modernidad acelerada y devoradora que se tomaba Bogotá desde las calles, las plazas y los grandes edificios.

Fayad logra crear un mundo de psicologías intermitentes que se rehúsan a dejar las costumbres señoriales, que se enfrentan a cambios culturales en medio de un choque de clases sociales. Personajes que en su diario vivir se acercan a la masificación capitalista en busca de un mejor futuro.

La interacción que se genera tras la muerte de Ester entre su matriarcal familia burguesa y su esposo Gregorio Camero es un referente esencial no sólo de la psicología intermitente de los ciudadanos de esa Bogotá lluviosa y anacrónica sino también de toda una sociología urbana que se niega a abandonar su condición social.

El colombiano de a pie siempre presente en los familiares que han visto enterrar su esperanza junto con Ester, es un remanente de la dura situación económica y social de la época. El desempleo como mayor detonante del decadentismo al que se suma la mayoría de la población de las grandes ciudades.

Quizá desde esa primera lectura en el colegio haya pasado algún tiempo, quizá no recuerde del todo la obra de teatro, el por qué a mí me tocó ser la tía Mercedes. Ahora que retomo la lectura de esta novela me reencuentro con imágenes, con la desesperación de las palabras y del ruido de la ciudad.

Con personas de carne y hueso no con personajes de papel y tinta. Fayad cuestiona a la sociedad, al gobierno abúlico que le da la espalda a sus ciudadanos. Cuestiona la incompetencia del Seguro Social, de los fraudes y máscaras que no lograron superar el matriarcado dominante en las familias de Ester y en muchas otras que siguen vibrantes en nuestras ciudades, en nuestro país, fatigado por la hibridación y la masificación indecorosa de la política y la industria cultural.

Ahora estoy segura que de esos pocos acercamientos a la literatura colombiana, más allá de los textos de García Márquez, puedo ‘recomendar’ la lectura de esta novela urbana, si se le quiere catalogar, si se le quiere limitar, que es un claro reflejo de nuestra sociedad actual que no ha cambiado mucho desde la muerte de Ester, tras la cual quedamos huérfanos de conciencia y ajenos a nuestra propia historia.

Escrito Por:
Nazly Johanna Pita López

Ficha del Libro:
Fayad, L. (1980). Los parientes de Ester. Bogotá: Oveja Negra.

jueves, 27 de agosto de 2009

COMENTARIO ACERCA DE << INTERMITENCIA, AMBIVALENCIA Y DISCREPANCIA: HISTORIA DE LA PRESENCIA JUDÍA EN COLOMBIA>>

En “Intermitencia, ambivalencia y discrepancia: historia de la presencia judía en Colombia” Azriel Bibliowicz –escritor y académico bogotano– expone algunos puntos de interés sobre la llegada de algunas comunidades hebreas a nuestro país, en distintos momentos de la historia; del mismo modo, señala algunas vicisitudes que enfrentaron los foráneos en estas tierras, para luego culminar con un somero diagnostico de la actualidad judía en el país.

De manera paralela, el documento direcciona algunas referencias literarias sobresalientes generadas por los judíos, que se erigen como piezas valiosas en tanto hacen parte de la construcción del legado artístico nacional.

A grandes rasgos, Bibliowicz establece que los judíos de la Diáspora –estos son, los errantes sin nación, el pueblo disperso– fueron mal tratados cada vez que llegaban a Colombia. Perseguidos, estigmatizados, y vueltos a huir o desaparecer, las diversas comunidades semíticas asentadas en algunas regiones del país sufrieron todo tipo de hostilidades y prohibiciones. Sin embargo, resulta paradójico que los mismos judíos, aportaron sobremanera al progreso económico, social, cultural y artístico.


Por ejemplo, los descendientes sefaradís, ubicados en la costa atlántica colaboraron enormemente en el mejoramiento substancial de Barranquilla; aparte de eso, las nuevas maneras en las relaciones compra – venta, el desarrollo en materia de infraestructura urbana, el fortalecimiento de las relaciones culturales con propios y extraños, son, por así mencionar, algunas bondades que trajo la dinámica de estos nuevos en el siglo XIX.

La posibilidad de acceder a nuevas tendencias en el arte literario –como es el caso del modernismo francés y la literatura esotérica– fue un avance considerable en las letras colombianas. Como caso particular, se pueden referir algunas composiciones de
Abraham Zacarías López-Penha, las cuales ilustran la irreverencia en las “nuevas formas de pensamiento”:

¿Presumís dudar que descendemos
de los gorilas y otras bestias, asno de Dios?
No; si no aprended á mirar en redor vuestro,
y, luego, contemplaos en un espejo vos...
de fijo os convenceréis al cabo, ¡es lógico!
que el mundo, en suma, es un jardín zoológico;
que el hombre es un piteco mentecato
con un poco más vicios que el primato;

Desafortunadamente, la suerte de la comunidad Sefardí en tierras norteñas no fue la mejor: muchos eran conducidos a la hoguera, o judicializados sin muestra aparente de culpabilidad. Los sobrevivientes de estas persecuciones huyeron a otros lugares del continente, en especial a Estados Unidos.

De ahí que se volviera a hablar de comunidades judías en Colombia, según cuenta Bibliowicz, ya entrado el siglo XX; esta vez, procedían de Polonia y parte del Este europeo, regiones azotadas por el nazismo, fuerza ideológica afianzada en el panorama socio – político del viejo continente. Si se habla de asentamientos judaicos en esa época, se podría decir que el más considerable se produjo en Bogotá. En relación con este hecho significativo, El Rumor del Astracán
–obra de Bibliowicz– da cuenta de las múltiples peripecias de un grupo de inmigrantes en la capital del país.

El panorama en ese momento fue decadente. El Estado colombiano puso innumerables restricciones a los hebreos que deseaban llegar al país, pues veían en ellos una amenaza latente para el sistema económico local; del mismo modo, se gestaban grupúsculos antisemitas criollos que ponían en riesgo la estabilidad e integridad de los mismos.

Sin embargo, hubo un florecimiento literario a destacar, gracias a los relatos de Salomón Brainski y las crónicas de Simón Guberek en
Yo vi crecer un país, textos relativamente urbanos que mostraban a Bogotá al desnudo, con sus situaciones favorables y desfavorables.

En lo que respecta a lo actualidad, los judíos siguen siendo perseguidos e injuriados por ciertos sectores sociales; las causas dejan de ser religiosas, políticas, o culturales en este momento, dirigiendo su perspectiva al campo económico: las denominadas vacunas que imponen los grupos guerrilleros a familias que posean ingresos superiores al millón de dólares, la delincuencia común y una que otra participación de la fuerza publica en retenciones ilegales, son causantes que buena parte de la comunidad judía residan en otros países, o en el caso general, se establezcan en el Estado de Israel.


Abordando el campo literario, es importante señalar la aparición de algunas obras que tratan el tema judío desde otra visión: El salmo de Kaplán, de Marco Schwartz, por ejemplo, expone la vida de una comunidad hebrea contemporánea que sufre los embates de la posmodernidad.

Bajo estas consideraciones, es pertinente reconocer la influencia de los judíos en el desarrollo socio - económico de la sociedad colombiana, al tiempo que es de suma importancia, valorar el aporte literario de los mismos en los círculos artísticos locales.


De manera paralela, es primordial valorar el ejercicio académico expuesto por Bibliowicz, el cual aporta significativamente al plano reconstructivo de nuestra historia nacional; de un modo indirecto, evita el desconocimiento de fenómenos de gran valor como el de la influencia judía en Colombia, e invita cordialmente a una seria revisión de nuestro pasado.

Juan Carrillo
juanelcaibg@hotmail.com

BIBLIOGRAFIA:
Azriel Bibliowicz, « Intermitencia, ambivalencia y discrepancia: historia de la presencia judía en Colombia », Amérique Latine Histoire et Mémoire. Les Cahiers ALHIM, 3 2001, [En línea], Puesto en línea el 03 octobre 2005. URL : http://alhim.revues.org/index535.html. Consultado el 26 août 2009.

domingo, 23 de agosto de 2009

UN ESCRITOR PARA LA VIDA

Aunque la vida universitaria resulta ser divertida, descontrolada y algo promiscua, en ocasiones tiende a ser demasiado sosa y monótona; salir de clase, buscar con premura un café y un cigarro, llegar al mismo lugar de siempre, ojear los rostros repetidos del día y hablar sandeces; pero en un momento que aun no preciso, ese tedio se desvaneció de tajo cuando lo empecé a ver ahí con frecuencia, en el mismo lugar de siempre, también con un café y un cigarrillo jamás soltado de sus labios.

En efecto que esto no parece interesante, y en un principio, cuando recién llegado a la universidad, me dio lo mismo verlo consumirse entre sorbos amargos y bocanadas espesas de humo, hasta que un buen día me senté en una mesa siguiente a la de él y, como una revelación ansiosa por mostrarse, escuché a medias una conversación vehemente que sostenía con otro viejo, aunque más, mucho más gordo, acerca del papel de los clásicos en las esferas socio-políticas del entorno en el que su escritura se constituía, a pasos agigantados y certeros, en arte.

Entonces comprendí que ese viejo fumarolo y cafetero era en verdad alguien entendido, no sólo en letras sino en política, y que además, no lo hacía a la manera erudita y presuntuosa; creo que su forma era tranquila, sosegada y sobretodo convincente, pues sus palabras a medio labio –entendiendo que el otro medio está siempre habitado por el tabaco- resultaban encantadoras.

Así que en medio de un ataque inevitable de ansias, me lancé a la mesa contigua y tome una silla para sentarme. En el instante en que me dispuse a tomar parte de la mesa, el viejo regordete rebuznó con algo de ironía en sus palabras “si no le importa, está conversación es personal, ¿podría dejarnos continuar?”

A lo que enseguida, y en un acto compasivo y salvador para mi vergüenza, el otro, el flaco, dijo con placidez que “la literatura, la política y el arte son tan universales, que negar la participación de una persona en lo que a estos se refiere, resulta ser un acto de infinita negación a los principios mismos de su esencia como forma suprema de la expresión humana”.

Creo que el gordo jamás se repuso del suelazo, en cambio, para mi, -me da gusto decirlo- aquello fue el inicio de una afición de café, cigarrillo y descanso; un querer que las horas de cátedra pasaran rápido, que no existieran sino los espacios entre clases para verme con el viejo y para que en cinco o diez minutos de receso me hablara de la literatura universal, de los más raros autores e incluso, de lo defectuosa que resultaba ser la región en materia de creación literaria.

Lo cierto es que después de unos días esa cafetería, que por motivo de las meseras recibía el nombre de “Las viejitas”, se convirtió en una especie de lugar de encuentros literarios, porque ya no era sólo yo el interesado, sino muchos, y muchos es muchos, alrededor de unas quince personas entorno de una mesa en la que definitivamente sólo hablaba el viejo, porque lo que éramos nosotros, a guardar silencio, no porque nos faltara conocimiento o porque la ingenuidad pudiera más que las ganas de opinar.

No, el hecho era que una vez que se tomaba la palabra, se venían referencias a textos, citas directas y de memoria, poesía pura en el medio labio del viejo Hugo y nada más que encantamiento y desborde de intelecto, siempre agradable a los oídos.

Imagínese que tal era la situación, que hasta los estudiantes y profesores de las otras mesas, paraban sus conversaciones, y aunque no se acercaban, sí se notaba en sus movimientos un profundo deseo de venir a ver qué o quién hacia que los estudiantes se reunieran como en corrillo alrededor de ese viejo apestado a tabaco y cafeína.

Y si lo hubieran sabido, si su decisión no se tornara llena de miedos y vergüenzas, del qué dirán y otras pendejadas, como no ser sapo, chismoso o entrometido, entonces, esos harían parte –estoy seguro- de los que actualmente, lamentamos que el maestro
Hugo Ruiz Rojas ya no pueda acompañarnos en esta orilla, porque su deseo, era irremediablemente, nadar complacido por el arroyo de la parca para conocer y experimentar a su antojo los caminos que se esconden al otro lado.

Debo confesar que entre la primera vez que dialogué con el viejo, hasta el día de su partida, pasaron alrededor de cinco años, en los que la verdadera confesión se hace triste y lastimera: jamás – y lo estoy diciendo seriamente lamentado- jamás asistí a su famosa tertulia literaria ubicada en un bar en el centro de la ciudad.

No se a qué se debió el descuido, pero ahora que lo medito bien, existía un cruce con otras tertulias y talleres, que también resultaban de mi interés y en los cuales escudo y pongo a defensa tamaña desfachatez de la memoria.

Quizás lo único que me mueve escribir estas líneas es el profundo deseo de que alguien pueda acercarse a ese viejo de nuevo, y aunque no podrán escuchar su voz entrecortada y humeante, bastará la lectura de su libro de cuentos Un pequeño café al bajar la calle para que también puedan sentir su intelecto desbordado, su capacidad de intriga y la sensación de agradable satisfacción que pulula en cada frase y en cada punto.

En este libro -a manera de bocado- encontrarán al Hugo Ruiz que yo encontré en una cafetería de la universidad y que hablaba del desencanto de la vida, de lo inútil de la experiencia y de la fragilidad cristalina que nos envuelve entre el cielo y la niebla.

Su partida ha dolido y seguirá doliendo, al igual que la partida del maestro Cesar Pérez Pinzón, y lo hace en los términos de la ausencia, del espacio vacío que ya nadie puede ocupar, porque la grandeza y el compromiso artístico de Hugo Ruiz quedó marcado en las letras del Tolima y en la literatura nacional, en la que apareció publicado en decenas de antologías y periódicos.

Omar González.